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18 Ergebnisse gefunden

  1. El chiflón del diablo un cuento de Baldomero Lillo En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de sí un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de invierno. Por el hueco de la puerta se veía el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique. Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de los ganchos adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademán, diciéndoles: -Quédense ustedes. Los obreros se volvieron sorprendidos y una vaga inquietud se pintó en sus pálidos rostros. El más joven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte y robusto. El otro más alto, un tanto flaco y huesudo, era ya viejo de aspecto endeble y achacoso. Ambos con la mano derecha sostenían la lámpara y con la izquierda su manojo de pequeños trozos de cordel en cuyas extremidades había atados un botón o una cuenta de vidrio de distintas formas y colores; eran los tantos o señales que los barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbón para indicar arriba su procedencia.
  2. La misa de las ánimas Cuento de un anónimo español Pues eran un padre y una madre y ambos eran muy pobres y tenían tres hijos pequeños. Pero es que, además de ser tan pobres, el padre tuvo un día que dejar de trabajar porque se puso enfermo y sólo quedaba la madre para buscar el sustento de todos y entonces la madre, no sabiendo qué hacer, tuvo que salir a pedir limosna. Así que salió y anduvo todo un día de acá para allá pidiendo limosna y cuando ya caía la tarde había conseguido recoger una peseta. Entonces fue a comprar comida, porque quería preparar un cocido para que comieran los niños y ella y su marido, pero resultó que aún le faltaban veinte céntimos, y como no podía conseguir lo que faltaba, pensó: -¿Para qué quiero esta peseta si no puedo llevar comida para todos? Pues lo que voy a hacer es pagar una misa con esta peseta que he sacado. Y una vez que lo pensó se dijo: -¿Y para quién diré la misa? Así que le estuvo dando vueltas al asunto y al cabo del rato dijo: -Le voy a encargar al cura que diga una misa por el alma más necesitada. Conque se fue a ver al cura, le entregó la peseta y le dijo: -Padre, hágame usted el favor de decirme una misa por el alma más necesitada.
  3. Anónimo / Juan Bobo

    Juan Bobo Cuento de un anónimo español Había un muchacho al que llamaban Juan Bobo. Como no le gustaba que le llamaran Juan Bobo, un día mató un buey para invitar a todos a una comida y de resultas de eso le llamaron Juan Bobazo. En vista de lo cual, cogió Juan Bobo la piel y se fue a venderla a Madrid. Cuando llegó a Madrid, hacía tanto calor que se echó al pie de un árbol y se tapó con la piel. Y sucedió que vino un cuervo a picarle la piel mientras echaba la siesta y Juan Bobo lo atrapó y se lo guardó. Luego fue y vendió la piel por siete duros. Y después de todo esto, llegó a la fonda y encargó comida para dos. Entonces Juan Bobo fue y puso tres duros disimulados junto a la puerta principal, y lo mismo hizo en la escalera con otros dos duros, y lo mismo otra vez al final de la escalera. Hecho esto, se sentó a una mesa y esperó a que le sirvieran; pero no le atendían porque creían que esperaba a su compañero.
  4. El lobo que cree que la Luna es queso Cuento de un anónimo español Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía qué hacer para coger algún animal para comérselo. Y por ahí se encuentra con la zorra y le dice: -Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer. Y la zorra le dijo: -Pero mire usted que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos. -No, que usted estaba muy gordita el pasado año. -El año pasado sí que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos. -¡Que no me importa! -dijo el lobo. Iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo: -Deténgase usted, por Dios, señor lobo. Mire que yo sé dónde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos. Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ante el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo: -¡Ay, amigo lobo, que el queso es grandón! Mire, asómese usted. Y se asomó el lobo y vio la Luna y creyó que era un queso grandón. Pero el lobo sospechoso le dijo a la zorra: -Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso. Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo: -¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandón está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirlo. -Pero no puedo yo entrar -decía el lobo-. ¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sola. -Y la zorra le dijo: -Pero no sea usted torpe. Métase en el otro cubo y verá como así entra fácilmente. Y se metió la zorra entonces en el cubo en que había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y ahí se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos.
  5. El príncipe Tomás Cuento de un anónimo español Pues había un rey que tenía un hijo con catorce años recién cumplidos y ambos tenían la costumbre de ir cada tarde hasta los jardines de un palacio que se encontraba en estado de abandono. En esos jardines había una hermosa fuente donde ambos solían sentarse un buen rato antes de emprender el camino de vuelta. La gente del lugar decía que el palacio estaba habitado por tres brujas que eran hermanas y que se llamaban Blanca, Rosa y Celeste, pero ellos nunca las vieron en todas las veces que fueron por allí. Una tarde el rey cogió de la fuente una rosa bellísima, cuyos pétalos parecían de terciopelo, y se la llevó a la reina. A la reina le gustó tanto el regalo que decidió guardar la rosa en una cajita de madera que dejó en la habitación que antecedía a la alcoba de los reyes. A medianoche, cuando los reyes dormían, despertaron al oír una voz que decía: -¡Ábreme, rey! El rey se incorporó sorprendido en el lecho y le preguntó a la reina, que dormía a su lado: -¿Has dicho algo? -Yo, no -contestó la reina. -Pues me pareció que me llamabas -dijo el rey, y volvió a dormirse. Al poco rato el rey escuchó otra vez: -¡Ábreme, rey! Conque se levantó y luego de dar vueltas por la alcoba se fue a la habitación delantera y abrió la caja de madera donde estaba la rosa, pues de allí era de donde salían las voces.
  6. Un fenómeno inexplicable un cuento de Leopoldo Lugones Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía. vino en mi auxilio. -Conozco allá -me dijo- un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomendación...
  7. El hombre del saco Cuento de un anónimo español Había un matrimonio que tenía tres hijas y como las tres eran buenas y trabajadoras les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Y un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer, se dijeron unas a otras: -Pues hoy vamos a ir a la fuente. Que era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo. Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre: -No, hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y te agarre. Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo: -Bueno, pues anda, vete con ellas. Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras: -Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevarnos a todas -y salieron corriendo a todo correr.
  8. Anónimo / El aguinaldo

    El aguinaldo Cuento de un anónimo español Eran unos niños muy muy pobres que en la víspera del Día de Reyes iban caminando por un monte y, como era invierno, en seguida se hizo de noche, pero los pobrecitos seguían andando. Entonces se encontraron con una señora que les dijo: -¿Adónde vais tan de noche, que está helando? ¿No os dais cuenta de que os vais a morir de frío? Y los niños le contestaron: -Vamos a esperar a los Reyes, a ver si nos dan aguinaldo. Y la señora del bosque, que era muy hermosa, les dijo: -Y ¿qué necesidad teníais de alejaros tanto de vuestra casa? Para esperar a los Reyes sólo habéis de poner vuestros zapatitos en el balcón y después acostaros tranquilamente en vuestras camitas. A lo que los niños contestaron: -Es que nosotros no tenemos zapatos, y en nuestra casa no hay balcón, y no tenemos camita sino un montón de paja... Además, el año pasado pusimos nuestras alpargatas en la ventana, pero se ve que los Reyes no las vieron porque no nos dejaron nada. Así que la señora del bosque se sentó en un tronco que había en el suelo y miró a los pequeños, que la contemplaban ateridos sin saber qué hacer; y ella les preguntó que si querían llevar una carta a un palacio y los niños le dijeron que sí que se la llevarían; entonces ella buscó en una bolsa que llevaba colgada de la cintura y sacó un gran sobre sellado que contenía la carta.
  9. Los caballos de Abdera un cuento de Leopoldo Lugones Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos. Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano. Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a Anón, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
  10. El ahogado Cuento de Baldomero Lillo Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él extrajo un remo y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda y el botecillo, obedeciendo al impulso, resbaló sobre aquella especie de riel con la ligereza de una pluma. Tres veces repitió la operación. A la tercera recogió el remo y saltó a bordo del esquife que una ola había puesto a flote, empezó a cinglar con lentitud, fijando delante de sí una mirada vaga, inexpresiva, como si soñase despierto. Mas, aquella inconsciencia era sólo aparente. En su cerebro las ideas fulguraban como relámpagos. La visión del pasado surgía en su espíritu, luminosa, clara y precisa. Ningún detalle quedaba en la sombra y algunos presentábanle una faz nueva hasta entonces no sospechada. Poco a poco la luz se hacía en su espíritu y reconocía con amargura que su candorosidad y buena fe eran las únicas culpables de su desdicha.
  11. El alfiletero de la anjana Cuento de un anónimo español En Cantabria hay unas brujas llamadas anjanas, que poseen grandes poderes y que premian a los buenos y castigan a los malos. Y también hay una especie de brujos que sólo piensan en hacer daño a la gente y se llaman ojáncanos, porque tienen un solo ojo en medio de la frente. Los ojáncanos viven en cuevas y son enemigos de siempre de las anjanas. Un día, una anjana perdió un alfiletero que tenía cuatro alfileres con un brillante cada uno y tres agujas de plata con el ojo de oro. Una pobre que andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo lo encontró, pero la alegría le duró poco porque en seguida pensó que, si intentaba venderlo, todos pensarían que lo había robado. Así que, no sabiendo qué hacer con él, resolvió guardarlo. Esta pobre vivía con un hijo que la ayudaba a buscarse el sustento, pero un día su hijo fue al monte y no volvió, porque lo había cogido un ojáncano.
  12. Anónimo / Periquillo

    Periquillo Cuento de un autor anónimo español Había un matrimonio de labradores que eran los dos tan pequeños que la gente los conocía por el apodo de «los cañamones». Eso a ellos no les incomodaba, pero, en cambio, se lamentaban de no tener hijos. Cuando los oían lamentarse, la gente les decía: -Y para qué queréis un hijo, si va a ser un cañamón. Y los dos respondían: -Bueno y qué; pues, cañamón y todo, queremos tener un hijo. Y así fue que Dios les concedió un hijo y nació tan pequeño como un cañamón; le llamaron Periquillo y, como no creció ni una cuarta más, con Periquillo se quedó. Conque pasó el tiempo y Periquillo fue cumpliendo años tan diminuto como siempre, pero era un muchacho voluntarioso que no se arredraba por ser tan pequeño. Un día que su padre se había ido a trabajar al campo desde por la mañana temprano, le dijo a su madre, que estaba preparando la burra con la comida para llevársela a su padre: -Madre, déjeme a mí la burra, que yo le llevo la comida a padre. Y la madre le contestó: -¿Cómo se la vas a llevar tú, con lo pequeño que eres? Y Periquillo le contestó: -Usted termine de prepararla, que yo la llevo.
  13. El celoso extremeño un cuento de Miguel de Cervantes Saavedra No hace muchos años que de un lugar de Extremadura salió un hidalgo nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flandes anduvo gastando así los años como la hacienda. Y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres, y gastado su patrimonio) vino a parar a la gran ciudad de Sevilla donde halló ocasión muy bastante, para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose, pues, tan falto de dineros y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvaconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (a quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos. En fin, llegado el tiempo en que una flota se partía para Tierrafirme, acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja de esparto y embarcándose en Cádiz, echando la bendición a España, zarpó la flota y con general alegría dieron las velas al viento que blando y próspero soplaba, el cual en pocas horas les encubrió la tierra y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre de las aguas, el mar Océano.
  14. Cañuela y Petaca Cuento de Baldomero Lillo Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil. Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora. Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia. Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas -tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho-, ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido, contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos obscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho, es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad.
  15. Agravante un cuento de Emilia Pardo Bazán Ya conocéis la historia de aquella dama del abanico, aquella viudita del Celeste Imperio que, no pudiendo contraer segundas nupcias hasta ver seca y dura la fresca tierra que cubría la fosa del primer esposo, se pasaba los días abanicándola a fin de que se secase más presto. La conducta de tan inconstante viuda arranca severas censuras a ciertas personas rígidas; pero sabed que en las mismas páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió un letrado la aventura del abanico, se conserva el relato de otra más terrible, demostración de que el santo Fo -a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni- aún reprueba con mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles pecadores. Recordaréis que mientras la viudita no daba paz al abanico, acertaron a pasar por allí un filósofo y su esposa. Y el filósofo, al enterarse del fin de tanto abaniqueo, sacó su abanico correspondiente -sin abanico no hay chino- y ayudó a la viudita a secar la tierra. Por cuanto la esposa del filósofo, al verle tan complaciente, se irguió vibrando lo mismo que una víbora, y a pesar de que su marido le hacía señas de que se reportase, hartó de vituperios a la abanicadora, poniéndola como solo dicen dueñas irritadas y picadas del aguijón de la virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible de la matrona, que por primera vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio, y mejor versado en las doctrinas del I-King que en las máculas y triquiñuelas del corazón, concibió ciertas dudas crueles y se planteó el problema de si lo que más se cacarea es lo más real y positivo; por lo cual, y siendo de suyo propenso a la investigación, resolvió someter a prueba la constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los colores a la tornadiza viuda.
  16. http://es.wikipedia.org/wiki/Baldomero_Lillo Cambiadores cuento de Baldomero Lillo -Dígame usted, ¿qué cosa es un cambiador? -Un cambiador, un guardagujas como más propiamente se le llama, es un personaje importantísimo en toda línea ferroviaria. -¡Vaya, y yo que todavía no he visto a ninguno y eso que viajo casi todas las semanas! -Pues, yo he visto a muchos, y ya que usted se interesa por conocerlos, voy a hacerle una pintura del cambiador, lo más fielmente que me sea posible. Mi simpática amiga y compañera de viaje dejó a un lado el libro que narraba un descarrilamiento fantástico, debido a la impericia de un cambiador, y se dispuso a escucharme atentamente. -Ha de saber usted -comencé, esforzando la voz para dominar el ruido del tren lanzado a todo vapor- que un guardagujas pertenece a un personal escogido y seleccionado escrupulosamente. Y es muy natural y lógico que así sea, pues la responsabilidad que afecta al telegrafista o jefe de estación, al conductor o maquinista del tren, es enorme, no es menor la que afecta a un guardagujas, con la diferencia de que si los primeros cometen un error puede éste, muchas veces, ser reparado a tiempo; mientras que una omisión, un descuido del cambiador es siempre fatal, irremediable. Un telegrafista puede enmendar el yerro de un telegrama, un jefe de estación dar contraorden a un mandato equivocado, y un maquinista que no ve una señal puede detener, si aún es tiempo, la marcha del tren y evitar un desastre, pero el cambiador, una vez ejecutada la falsa maniobra, no puede volver atrás. Cuando las ruedas del bogue de la locomotora muerden la aguja del desvío, el cambiador, asido a la barra del cambio, es como un artillero que oprime aún el disparador y observa la trayectoria del proyectil.
  17. Inhaltsverzeichnis Literatur Historia de la literatura española Historia de la literatura española Literatura de la Edad Media Siglo XIV: Don Juan Manuel Cuentos Siglo XV: Diego de San Pedro Cárcel de amor Literatura de la Edad Moderna Siglo XVI: Renacimiento Lazarillo de Tormes La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades Miguel Cervantes El amante liberal El casamiento engañoso El celoso extremeño Bartolomé de las Casas / cronista Fray Bartolomé de las Casas, crónica de Indias Literatura del Siglo de Oro (1550 bis 1680) (Übergang von der Renaissance zum Barock) Siglo XVII: Barroco María de Zayas Sotomayor El jardín engañoso / La inocencia castigada Lope de Vega Calderón de la Barca Luis de Góngora Poemas Poemas del Siglo de Oro Francisco de Quevedo Historia de la vida del Buscón Siglo XVIII: Neoclasisismo Literatura de la Edad Contemporánea Siglo XIX: Romanticismo Gustavo Adolfo Bécquer Poemas El rayo de la luna La cruz del diablo El beso La creación El Cristo de la calavera La ajorca de oro El Caudillo de las manos rojas Tres fechas Maese Pérez el organista La rosa de pasión Creed en Dios El gnomo El Miserere El monte de las ánimas La promesa La corza blanca ¡Es raro! Las hojas secas La arquitectura árabe en Toledo La cueva de la mora José Zorrilla y Moral La mujer negra o una antigua capilla de templario Siglo XIX: Realismo Emilia Pardo Bazán Accidente Adriana Agravante Benito Pérez Galdós La fontana de oro La desheredada Leopoldo Alas “Clarín” Un voto Tirso de molina La yernocracia En la drogería En el tren El gallo de Sócrates Benedictino La conversación de Chiripa La ronca ¡Adiós, "Cordera"! El dúo de la tos Dos sabios El entierro de la sardina Vicente Blasco Ibáñez Cañas y barro Guapeza valenciana La condenada y otros cuentos Pedro Antonio de Alarcón El extranjero El sombrero de tres picos Siglo XX: Modernismo Rubén Darío Año nuevo Joaquim Ruyra Cuentos Generación del 98 Miguel de Unamuno Cuentos Ramón del Valle-Inclán El miedo Pio Baroja Cuentos El árbol de la ciencia Jacinto Benavente cuentos Generación del 27 Federico García Lorca Poemas Südamerikanische Autoren Leopoldo Lugones, Argentinien Abuela Julieta Francesca Un fenómeno inexplicable La estatua de sal Los caballos de Abdera Baldomero Lillo, Chile Cambiadores El chiflón del diablo El perfil Cañuela y Petaca El ahogado Weitere Texte Trachsel Perrine La ninfa O. Henry El regalo de los Reyes Magos Fabeln Fábulas Cuentos de autores anónimos españoles Periquillo Juan Bobo La misa de las ánimas El lobo que cree que la Luna es queso El alfiletero de la anjana El aguinaldo El hombre del saco El príncipe Tomás Cristóbal Colón Carta anunciando el descubrimiento
  18. La ninfa Vera, la hija de la farera, estaba sentada en un acantilado y miraba hacia la mar. Era un día ventoso, casi tempestuoso y la mar cambiaba continuamente su apariencia, se ondeaba, se hacía oscuro bajo la sombra de las nubes y, lo que más impresionaba a Vera era, que cada minuto variaba su color. Muy a menudo Vera había observado la mar y la conocía perfectamente. Como su madre era la farera, y algún día Vera seguirá su huella. Pero en los siete años largos de su vida nunca había visto un cambio de color tan rápido. El azul claro se convirtió en un azul oscuro, después se torró violeta tenue y al final cambió a verde hasta que pareció ser una esmeralda inmensa. -La mar tiene que estar muy agitada- se dijo Vera y se preguntó por el porqué. Estaba fascinada por el juego de los colores y por eso se olvidaba del mundo que la rodeaba. Tampoco se daba cuenta del atardecer y del viento fresco. Sus mejillas se enrojecieron mientras la temperatura bajaba rápidamente, pero ella no notaba ni lo uno, ni lo otro. En un momento de la tarde creyó ver dentro de la mar una sombra que se movía bajo el agua hacia la orilla. Pero desapareció enseguida. Vera no prestó más atención a esta aparición. La mar la mantenía totalmente absorta por su hechizo. Die Nymphe Vera, die Tochter der Leuchtturmwärterin, saß auf der Klippe und sah hinaus aufs Meer. Es war ein sehr windiger Tag, fast schon stürmisch, und das Meer veränderte sich ständig. Es schlug Wellen, verdunkelte sich unter dem Schatten der Wolken und, und das beeindruckte Vera am meisten von allem, es veränderte seine Farbe alle paar Momente. Vera hatte das Meer schon oft beobachtet; sie kannte es gut Schließlich war ihre Mutter die Leuchtturmwärterin, und sie wollte eines Tages in ihre Fußstapfen* treten. Aber in all den sieben langen Jahren ihres Lebens hatte sie noch nie gesehen, dass sich die Farben so schnell verändern konnten: Das anfängliche Hellblau wurde erst dunkel, dann nahm es einen violetten Schimmer an, und schließlich wurde es grün, bis es einem riesigen Smaragd glich. "Das Meer muss sehr aufgeregt sein", sagte sich Vera und fragte sich, weshalb das wohl so war. Sie war fasziniert vom Farbenspiel und vergaß darüber die Welt um sich herum. Und so merkte sie auch gar nicht, wie der Abend kam und ein kühler Wind aufzog. Ihre Wangen färbten sich rot, während die Temperatur ständig sank, doch sie bemerkte weder das Eine, noch das Andere. Irgendwann am frühen Abend glaubte sie, einen Schatten im Meer zu sehen, der sich unter Wasser aufs Ufer zu bewegte. Aber er verschwand wieder, und Vera schenkte ihm keine weitere Beachtung mehr. Das Meer nahm sie richtiggehend gefangen.