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  1. El perfil un cuento de Baldomero Lillo Una tarde, en casa de un amigo, conocí a la señorita Teresa, joven de dieciocho años, de figura simpática y atrayente. Parecía muy tímida, y la expresión de su moreno y agraciado rostro y de sus pardos y rasgados ojos, sombreados por largas pestañas, era grave y melancólica. A primera vista en su persona no se notaba nada extraordinario, pero después de algún tiempo, el más mediano observador podía advertir en ella algo extraño que llamaba poderosamente la atención. Sin que nada, al parecer, lo motivase, quedábase, de pronto, inmóvil y silenciosa, ensombrecido el rostro y la vaga mirada perdida en el vacío. Otras veces, un grito, un rumor cualquiera, la caída de un objeto en el suelo, bastaba para que, incorporándose bruscamente, mirase en torno con azoramiento, cual si un peligro desconocido le amenazase. La impresión que estas raras actitudes dejaban en el ánimo del espectador, era que se estaba en presencia de alguien que había recibido una gran conmoción física o moral, cuyos efectos, perdurando todavía en su sistema nervioso, producían esas reacciones ya muy débiles y atenuadas por la acción sedante del tiempo. Cuando comuniqué a mi amigo estas reflexiones me contestó: -No te extrañe lo que has visto. Esta pobre niña recibió hace algunos meses un golpe terrible que perturbó su razón, la que ha ido recobrando poco a poco. Ahora está fuera de peligro. La causa que le produjo ese trastorno fue un crimen que se cometió el año pasado, y en el cual perdieron la vida los dueños de un pequeño negocio situado en las vecindades de S. Los asesinados, marido y mujer, eran los padres de esta muchacha, y ella escapó apenas de correr a misma suerte gracias a que pudo huir y ocultarse a tiempo
  2. La condenada un cuento de Vicente Blasco Ibáñez Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo, cruzado por hierros; y del suelo de ocho pasos, apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándose en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne. Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose como animado cadáver en aquel ataúd de argamasa, deseando como un mal momentáneo, que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez. Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo, barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba parar ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarles como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.
  3. Si te interesa la biografía de Unamuno… http://es.wikipedia.org/wiki/Miguel_de_Unamuno http://de.wikipedia.org/wiki/Miguel_de_Unamuno Cruce de caminos un cuento de Miguel de Unamuno Entre dos filas de árboles, la carretera piérdese en el cielo, sestea un pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra, señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla. El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos para y mira, y sigue luego. Deja que oree el viento su cabeza blanca de penas y años, y anega sus recuerdos dolorosos en la paz que le envuelve. De pronto, el corazón le da rebato, y se detiene temblando cual si fuese ante el misterioso final de su existencia. A sus pies, sobre el suelo, al pie de un álamo y al borde del camino, una niña dormía un sueño sosegado y dulce. Lloró un momento el caminante, luego se arrodilló, después sentose, y sin quitar sus ojos de los ojos cerrados de la niña, le veló el sueño. Y él soñaba entretanto. Soñaba en otra niña como aquella, que fue su raíz de vida, y que al morir una mañana dulce de primavera le dejó solo en el hogar, lanzándole a errar por los caminos, desarraigado. De pronto abrió los ojos hacia el cielo la que dormía, los volvió al caminante, y cual quien habla con un viejo conocido, le preguntó: «¿Y mi abuelo?» Y el caminante respondió: «¿Y mi nieta?» Miráronse a los ojos, y la niña le contó que, al morírsele su abuelo, con quien vivía sola -en soledad de compañía solos-, partió al azar de casa, buscando... no sabía qué...: más soledad acaso. -Iremos juntos; tú a buscar a tu abuelo; yo, a mi nieta -le dijo el caminante. -¡Es que mi abuelo se murió! -dijo la niña. -Volverán a la vida y al camino -contestó el viejo -Entonces... ¿vamos? -¡Vamos, sí, hacia adelante, hacia levante! -No, que así llegaremos a mi pueblo y no quiero volver, que allí estoy sola. Allí sé el sitio en que mi abuelo duerme. Es mejor al poniente, todo derecho. -¿El camino que traje? -exclamó el vejo-. ¿Volverme dices? ¿Desandar lo andado? ¿Volver a mis recuerdos? ¿Cara al ocaso? ¡No, eso nunca! ¡No, eso sí que no, antes morirnos! -¡Pues entonces... por aquí, entre las flores, por los prados, por donde no hay camino!
  4. El reloj un cuento de Pío Baroja Porque todos sus días, dolores, y sus ocupaciones, molestias, aún de noche su corazón no reposa. -Eclesiastés Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte. Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas. Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo. Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento. En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza. «¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.» Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora. ¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba. -Tú también -le decía al cantor de la noche- vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta. Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.
  5. Si quieres informarte sobre la vida y la obra de Jacinto Benavente… http://es.wikipedia.org/wiki/Jacinto_Benavente http://de.wikipedia.org/wiki/Jacinto_Benavente Cuento inmoral un cuento de Jacinto Benavente Sale el actor por delante del telón, pausadamente. ¡Qué compromiso ! Hay días en que se siente uno capaz de las mayores audacias, y nada le parece imposible. Y es que yo soy así; hay dos palabras que me sublevan, me encienden la sangre y me obligan a sentirme capaz de todo : la palabra difícil y la palabra imposible. Basta que alguien diga de alguna cosa delante de mí: es difícil, es imposible, para que yo conteste al punto: No hay nada difícil, no hay nada imposible; yo hago eso; yo lo hago; se discute, se cruzan apuestas... yo me veo obligado a sostenerlas... y ya estoy metido en un lío... Y el de ahora es flojo. Figúrense ustedes que alguien me dijo ayer: Tú que tienes tantas simpatías en el público, bastante autoridad y mucho desparpajo, o sea desahogo; vamos a ver, ¿a que no te atreves a presentarte al público y contarle un cuento... un cuento inmoral, uno de esos cuentos capaces, según frase consagrada, de ruborizar a un guardia civil. ¡Yo no sé qué motivo puede haber para que la Guardia Civil sea más refractaria al rubor que cualquier otro Instituto armado; el caso es que la Guardia Civil y los Carabineros comparten este privilegio. Pero no divaguemos. ¿Un cuento inmoral? ¡Imposible!, exclamaron varios; ya dije antes que la palabra imposible tiene el privilegio de encenderme la sangre. No hay nada imposible. Y quedo comprometido a contar el cuento. ¡Y qué cuento! Se eligió por sufragio en un café de camareras; las camareras tomaron parte en la votación y su voto decidió del resultado... ¡Valiente cuento! Las pobres chicas sólo le conocían por el título, y el título les engañó. (No es el primer título que las engaña.) Es un título tan inocente... parece de un cuento de niños... pero, sí, bueno está el cuentecito... Ya me lo dirán ustedes; sólo de recordarlo se me sube el pavo... Pero no hay nada imposible. Difícil, sí; a pesar mío debo confesar que hay algo difícil, y este es uno de los casos difíciles. Ya sé que ustedes creen seguramente que yo no me atrevo a contar el cuentecito; por eso están ustedes tan tranquilos y tan sentados, sin disponerse a despejar el teatro, no sin antes llamarme algo... Pero, ustedes no me conocen. Ustedes no saben de qué modo la palabra imposible excita mis nervios; todo el azahar del mundo no bastaría a calmarlos, como todo el azahar del mundo no bastaría a dar a mi cuento un aspecto inocente. Advierto que empiezan ustedes a ponerse serios; empiezan ustedes a temer que yo sea capaz de todo.
  6. Si quieres informarte sobre Don Juan Manuel y so obra: http://de.wikipedia.org/wiki/Don_Juan_Manuel http://es.wikipedia.org/wiki/Don_Juan_Manuel Cuento I de Don Juan Manuel De lo que aconteció al rey con un ministro suyo Acaeció una vez que el conde Lucanor estaba hablando en secreto con Patronio, su consejero, y le dijo: –Patronio, a mí me acaeció que un gran hombre y muy honrado y muy poderoso y que da a entender que es algo mi amigo, me dijo pocos días ha, en muy gran secreto, que por algunas cosas que le habían acaecido, que era su voluntad partirse de esta tierra y no tornar a ella de ninguna manera; y por el amor y la gran confianza que en mí tenía, que me quería dejar toda su tierra: lo uno vendido y lo otro encomendado. Y pues esto quiere, paréceme muy gran honra y gran aprovechamiento para mí. Y vos decidme y aconsejadme lo que os parece en este hecho. –Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, bien entiendo que el mi consejo no os hace gran mengua, pero pues vuestra voluntad es que os diga lo que en esto entiendo, y os aconseje sobre ello, lo haré luego. Primeramente, os digo que esto que os dijo aquel que pensáis que es vuestro amigo, lo hizo para probaros. Y parece que os aconteció con él como aconteció a un rey con un su ministro. El conde Lucanor le rogó que le dijese cómo había sido aquello. –Señor –dijo Patronio–, un rey hubo que tenía un ministro en quien se fiaba mucho. Y porque no puede ser que los hombres que alguna bienandanza tienen, que algunos otros no tengan envidia de ellos, por la privanza y bienandanza que aquel su ministro tenía, otros ministros de aquel rey tenían muy gran envidia y se esforzaban en buscarle mal con el rey, su señor. Y comoquiera que muchas razones le dijeron, nunca pudieron arreglar con el rey que le hiciese ningún mal, ni aun que tomase sospecha o duda de él ni de su servicio. Y desde que vieron que por otra manera no podían acabar lo que querían hacer, le hicieron entender al rey que aquel su ministro se esforzaba en disponer las cosas para que él muriese; y que un hijo pequeño que el rey tenía, que quedase en su poder; y desde que él hubiese apoderado de la tierra, que arreglaría cómo muriese el mozo y que quedaría él como señor de la tierra. Y comoquiera que hasta entonces no habían podido poner en ninguna duda al rey contra aquel su privado, desde que esto le dijeron, no pudo sufrir el corazón que no tomase de él recelo. Porque en las cosas en que hay tan gran mal, que no se pueden remediar si se hacen, ningún hombre cuerdo debe esperar de ello la prueba. Y por ende, desde que el rey fue caído en esta duda y sospecha, estaba con gran recelo, pero no se quiso mover a ninguna cosa contra aquel su ministro, hasta que de esto supiese alguna verdad.
  7. Die Seite rincondelpoeta, bietet zahlreiche Geschichten von nationalen und weltweiten Autoren und dies auf spanischer Sprache. Da dürfte sicherlich das Ein oder Andere für jede Leseratte dabei sein. Selecciona Autor y Título, doble click Oscar Wilde El Príncipe Feliz http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elprincipefeliz.htm Paulo Coelho Cuidado con los recuerdos... . http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_cuidadoconlosrecuerdos.htm Cuento de Navidad http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_denavidad.htm El hombre que perdonaba http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elhombrequeperdonaba.htm Ahuyentar los fantasmas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_ahuyentarfantasmas.htm El llanto del desierto http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_desierto.htm Un cuento de Navidad http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_navidad.htm Mario Benedetti El otro yo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elotroyo.htm Los Pocillos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lospocillos.htm El sexo de los ángeles http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_sexoangeles.htm Conciliar el sueño http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_conciliarelsueno.htm Jorge Bucay El elefante encadenado http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elefantencadenado.htm Animarse a volar http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_animarseavolar.htm La alegoría del carruaje http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_alegoria.htm Amarse con los ojos abiertos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_amarse.htm El oso http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_eloso.htm Galletitas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_galletitas.htm El buscador http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elbuscador.htm La cobija http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_cobija.htm Intentaré ser fresia http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_fresia.htm Eduardo Galeano Celebración de la fantasía http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_celebraciondelafantasia.htm La función del arte I http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lafunciondelarte.htm La dignidad del arte http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_dignidad.htm Para la cátedra de literatura http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_catedradeliteratura.htm Los adioses http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_losadioses.htm La puerta http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lapuerta.htm El mundo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_fueguitos.htm El diagnóstico y la terapeuta http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_diagnostico.htm Palabras http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_palabras.htm La desmemoria4 http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_ladesmemoria.htm La yerba mate http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_yerbamate.htm Historia de tres mujeres http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_treshistorias.htm Eladio Bulnes Jiménez Ayer http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_ayer.htm Deepak Chopra El sendero del mago http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elsenderodelmago.htm Oliverio Girondo El lado oscuro del corazón http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elladoscuro.htm Silvina Ocampo Amada en el amado http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_amada.htm Jaime Sabines Me encanta Dios http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_dios.htm Julio Cortázar Casa tomada http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_casatomada.htm Lazos de familia http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lazosdefamilia.htm Instrucciones para llorar http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_instrucciones.htm Los Parques http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_losparques.htm Aplastamiento de las gotas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_gotas.htm Horacio Quiroga El almohadón de plumas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_almohadon.htm Juana de Ibarbourou Puñados de Polvo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_punadosdepolvo.htm Vestidos nuevos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_vestidos.htm EnriqueMariscal La casa de los mil espejos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_espejos.htm El corcho http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elcorcho.htm Isabel Allende Eva Luna http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_evaluna.htm Carlos Castañeda Caminos del corazón http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_camino.htm Octavio Paz Mi vida con la ola http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_laola.htm Edgar Allan Poe El retrato oval http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_retrato.htm Marcelo Ferrer ¿Nadie muere en las vísperas? http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_visperas.htm Yuri Tabak Las almas de los hombres cuando mueren http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lasalmas.htm Las llaves únicas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lasllaves.htm Juan José Mestre Lémures http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lemures.htm La travesura http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_latravesura.htm Christian Andersen La niña de los fósforos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_ninafosforos.htm Jonás Diego Villarrubia Ruiz El primer sueño http://www.rincondelpoeta..com.ar/cuento_violeta.htm Gabriel García Marquez Remedios la bella http://www.rincondelpoeta..com.ar/cuento_remedios.htm Manuel Mujica Lainez El Hombrecito del Azulejo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_hombrecito.htm Kahlil Gibran Sobre los hijos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_tushijos.htm Un Cuento http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_uncuento.htm Beatriz Martinelli Una vieja historia http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_historia.htm Poldy Bird Mar solo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_marsolo.htm Un llanto azul http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_unllantoazul.htm Aquella luz http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_aquellaluz.htm Que el amor sea suficiente http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_queelamorseasuficiente.htm La Huella http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lahuella.htm El hilo que conecta todo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_elhilo.htm Carta http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_carta.htm Cajitas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_cajitas.htm No quisiera morirme sin volver a verte http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_noquisiera.htm Para que el mundo no se quede a oscuras http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_paraquelmundo.htm La palabra que cure las heridas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lapalabra.htm Como se hace un poema http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_comosehace.htm Buscándonos http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_buscandonos.htm La mitad de un recuerdo cada uno http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lamitad.htm Te cantaré amor para que duermas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_tecantare.htm Ya vendieron el piano http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_piano.htm País de Luz http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_paisdeluz.htm Pasarán cosas http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_pasarancosas.htm Un agujero en el zapato http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_zapatos.htm Autores Varios Canción del corazón http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_corazon.htm La casa de la soledad http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lacasa.htm La marioneta de trapo http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_lamarionetadetrapo.htm Estrellas de mar http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_estrellasdemar.htm El perro Fernando http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_fernando.htm Apurada http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_apurada.htm Cara de ángel http://www.rincondelpoeta.com.ar/cuento_caradeangel.htm