Calendario de Adviento 2016

17 de diciembre



Los ratones de Navidad


Había en Belén un establo muy viejo y destartalado. Ahí vivía el buen Remus. El heno y la paja estaban esparcidos por el suelo. En un rincón había un pesebre: el comedero de Remus.


Es en este establo donde debía nacer el niño Jesús. Antes del gran día, el ángel Gabriel vino a ver el establo del lugar. ¡Que desorden! exclamó asustado y molesto:” ¡En este lugar miserable el hijo de Dios no puede venir al mundo! Remus, córrete: es necesario que este lugar esté limpio y arreglado”. El buey contemplaba al ángel con sus ojos redondos  y grandes y continuaba comiendo tranquilamente. El establo había estado siempre como estaba; ¿por qué ahora había que cambiar todo?

El ángel Gabriel se hubiera puesto manos a la obra el mismo. Pero las manos de los ángeles están tejidas de luz y no pueden agarrar nada. ¿A quien pedir ayuda? Hubo de repente un ligero silbido. El ángel miró alrededor de él: en un rincón del establo, percibió un ratoncito que salía de su agujero. Había visto al ángel y llamaba a sus hijitos:


“¡Rápido vengan a ver la aparición celestial!”, Gabriel se dirigió entonces a los ratoncitos y les pidió:”¿Quieren ayudarme?¡Miren el desorden de este establo !Es necesario que en Navidad todo esté en orden para el nacimiento del Niño Jesús.


Los ratones no se hicieron rogar. Salieron rápido de su agujero. Cada uno tomó una pajita, la llevaba y volvía enseguida para buscar otra. En poco tiempo, el viejo establo estuvo limpio. El buey tuvo que confesar que jamás se había sentido tan a gusto. El ángel Gabriel alabó a los ratones y les dijo:” Puesto que han trabajado  tan bien, se llamará de ahora en adelante: los Ratones de Navidad. Cuando el niño Jesús venga al mundo, ustedes serán los primeros que podrán contemplarlo”.

En cuanto a los ratones, felices, esperaron Navidad con impaciencia. 

















 
Cuarto domingo de adviento


18 de diciembre



Un Puñado de paja


Una noche, María y josé golpearon a la puerta de la granja. Buscaban asilo por una noche. El campesino que les abrió era un hombre tosco. Tenía el corazón duro y no le gustaba servir a nadie. A primera vista comprendió que era gente pobre. “No tienen nada para pagar”, se dijo. Entonces les ofreció un rincón del patio y gruñó con un tono poco acogedor:”Sólo pueden acostarse en el suelo bajo este techo”. María pidió amablemente:“¿No tendrá un poco de paja para cubrir el suelo helado?”.


El campesino la miró a con los ojos irradiando ira.


“Está bien”, les dijo finalmente, “tendrán un puñado de paja pero ni una brizna más”. El mismo fue  a la granja y de su enorme montón de paja sacó algunas briznas que le dio a José y volvió a entrar en su casa cerrando la puerta de un golpe.

José miró la paja, y se puso triste, pues había tan poco que no sabía que hacer con ella. María las tomó dulcemente en sus manos, y las esparció por el suelo. Fue suficiente así para María y José; hasta quedó un poco de paja para la cama del burrito. Y muy pronto se durmieron.


Al día siguiente, María y José pasaron por la casa del hospedero tan poco amable para darle las gracias y después reemprendieron su camino. El campesino los había despedido refunfuñando. Cuando, más tarde, salió al patio, su mirada cayó sobre la brizna de paja que habían quedado en el suelo: una aquí otra allá, un puñadito por todas partes y por todos lados. ¡Lo extranjeros ni siquiera habían juntado la paja! El campesino estaba por enojarse, cuando se dio cuenta que la paja brillaba en forma rara. Fue a mirar de más cerca: ¡cada brizna de paja era de oro puro! Las levantó, las sopesó y después se golpeó la frente: “¡Que estúpido que eres!” gritó. “Si hubiese propuesto a esta gente dormir en la granja, ahora, toda la paja se hubiese convertido en oro”.


Pero lo que estaba hecho, estaba hecho y el campesino del corazón duro pensó entonces en vender estas briznas de oro. Las envolvió en un pañuelo y salió hacia el pueblo. “Es poco”, se decía “pero voy a conseguir un buen precio”. Después de haber buscado bien y discutido con no poca personas, encontró un orfebre que le propuso una buena suma. El campesino se frotaba las manos: ¡que beneficio iba a sacar del mal servicio que había ofrecido! Pero cuando desató el paño a la vista del orfebre se echó a reír con toda su alma, burlándose de él.


Así fue como el campesino no llevó a su casa más que burlas; y las conservó más tiempo que el regalo de la Santa Familia que había querido vender.














 
19 de diciembre



La sopa de la Mendiga


En el pueblo ninguno era más pobre que Rebeca, pues sólo poseía los vestidos que llevaba. Y esto era muy poco. La blusa y la falda estaban desgarradas, las medias y las sandalias llenas de agujeros. Todos los habitantes del pueblo la conocían y Rebeca conocía a cada uno de ellos.


Cuando tenía hambre sabía donde golpear y tenía la costumbre de dormir afuera. Aún en invierno sabía donde encontrar un refugio. ¡Que vida miserable! Sin embargo, Rebeca llevaba esta vida de hace muchos años y no sentía envidia, ni la necesidad de cambiar lo que fuese.


A un campesino que un día se había apiadado de su suerte, ella le había respondido: “Tú suerte por un lado es más penosa que la mía, en todo caso yo no la conozco”. Y como el campesino la miraba sorprendido, le explicó: Todos ustedes han sido mendigados por mi una vez, en cambio yo no he sido mendigada jamás por nadie”.


Le puso bajo su brazo la hogaza de pan que le había dado y se fue con una sonrisa maliciosa.


Poco después de esta anécdota, comenzó a reinar una gran hambre en el país. La gente no tenía casi con que alimentarse. Cuando llegaba rebeca, su presencia provocaba una situación molesta y se le cedía de mala gana unos restos de comida. Tenía que golpear en muchas puertas para saciar su hambre. Un día recibió un poco de sopa caliente que llegaba hasta la mitad del cuenco. ¡Que suerte! Se había sentado al borde del camino para comerla, cuando vio unos viajeros que venían hacia donde ella estaba. Un hombre, una mujer y un pequeño asno. Lo han adivinado: eran María y José que caminaban hacia Belén. ¡Que sombría era la cara del hombre!¡Y la de la mujer era pálida y hundida! A Rebeca le dio pena y les habló así: “¡Eh buenas gentes! ¿Por qué están tan tristes? ¿Qué es lo que les pasa?. José miraba a Rebeca sin decir una palabra. Sus ojos fijos en el cuenco, parecían medir la sopa. María respondió dulcemente: “Estamos al límite de nuestras fuerzas. La marcha es penosa cuando no se ha comido.”


“¿Por qué no compran comida?” preguntó la mendiga. “¡No tenemos dinero”respondió María. “¿Y por qué no mendigan?, quiso saber Rebeca. María respondió confusa:” Ya lo hemos tratado, pero nadie no has dado nada”. La mendiga asintió con la cabeza: “¡Y sí! Estos momentos son duros, la gente no tiene nada ni para ellos”.


“Miren el poco de sopa  que he recibido”. Y les mostró su cuenco a medio llenar. De repente a Rebeca la pasó un pensamiento que todavía nunca  le había venido: “Dígame”, les preguntó dulcemente, “¿Tienen un recipiente?” Sí, maría y José habían traído uno.


La mendiga dijo con voz decidida:


“Entonces, vengan, compartamos mi sopa y su pena”.


José le alargó su cuenco. Rebeca vertió lo que necesario para ella. Después en un arrebato de generosidad, vertió un poco más todavía. Ella tenía su cuenco de forma que ni María ni José se dieran cuneta que estaba vacío.


Al mirar a los extranjeros comer su sopa, la mendiga sintió una alegría que jamás había sentido hasta ahora. Por un instante, se olvidó de su propia hambre.


En unos minutos, María y José habían terminado su sopa y ya reemprendían el camino. Rebeca los siguió largo tiempo con la mirada. ¿No le había revelado ese lado de su suerte humana que ella no conocía? Ella, la mendiga Rebeca, había sido mendigada por primera vez en su vida. Finalmente se inclinó para agarrar su cuenco y ¡estaba lleno hasta el borde! Lleno de una rica sopa caliente, a su gisto, una sopa que sació su hambre completamente.











 
20 de diciembre


Los Pastores cerca del Fuego


En los campos,  no lejos de Belén, estaban sentados algunos pastores alrededor del fuego, pues refrescaba bastante en la noche.

Sus ovejas descansaban apaciblemente en un gran círculo alrededor de ellos. Sólo sus perros estaban en movimiento e iban de aquí para allá, como bravos perros guardianes.


Samuel, el más joven de los pastores suspiró: “Que lindo sería si la amenaza del lobo….” Jacob sacudió la cabeza irritado: “¿Para que soñar?, replicó “Mientras haya ovejas, habrá lobos para atraparlas”. Entonces el viejo Elías levantó la cabeza blanca. Fijó sus ojos claros en sus compañeros y dijo con un tono misterioso: “¿Quién sabe, quién sabe? Está escrito que un día vendrá, en que lobos y ovejas pacerán juntos apaciblemente.” ¿Cuándo vendrá ese día?”, inquirió enseguida Samuel. El anciano inclinó la cabeza solemnemente: “la escritura dice que el hijo de dios vendrá entre los hombres.  Entonces no habrá más odio sobre la Tierra y la paz reinará entre los hombres y los animales. En cuanto a la fecha nadie lo sabe.”

Lo pastores contemplan el fuego pensativos. De repente escucharon a alguien cantar y este canto era tan dulce que les conmovió el corazón. Se volvieron en dirección a la voz: Por el camino  que conducía  al pueblo, vieron a un anciano, y a una mujer joven: Ella  cantaba para el niño que llevaba en un manto azul. Un burrito los acompañaba.


Ella cantaba para el niño que llevaba bajo su corazón y una serena paz colmó el alma de aquellos que la escuchaban.


Los pastores siguieron con la mirada a la mujer hasta que hubo desaparecido.


Después se volvieron y se dieron vuelta hacia el fuego y se dieron cuenta que las ovejas tenían  también  sus cabezas vueltas hacia Belén. Los perros habían cesado sus idas y venidas y se mantenían tranquilos, con las orejas a la escucha.


De pronto Samuel señaló algo con el dedo. Murmuró:”¡Miren, allá! Ese no es uno de nuestros perros; es el lobo”. Los otros pastores habían seguido su gesto.


Asintieron con la cabeza. Sí, era en efecto un lobo, allá abajo ceca de la s ovejas; prendado como ellas con la magia del canto, miraba hacia Belén. El rostro del anciano Elías se iluminó. “¿No hablábamos de un milagro que nos parecía todavía lejano? Ahora el día está muy cerca. El hijo de Dios va a nacer. No hay ninguna duda, los signos son claros, el lobo parece tranquilamente al lado de los corderos”.


Samuel se volvió hacia el anciano:”Quieres decir, padrecito, que la mujer que cantaba tan maravillosamente era la madre del niño divino?, preguntó.


“Exactamente, eso es lo que yo pienso”, aprobó Elías. “Esta joven mujer debe ser la madre de Dios”. Y en esto, el viejo pastor tenía toda la razón.

















 
21 de diciembre



El Viejo Guarda


Simeón, el anciano guarda, estaba sentado a la ventana. Miraba caer la nieve y pensaba en le tiempo pasado. Tenía veinte años y había pasado más de sesenta cuidando las puertas de Belén. Las habría por la mañana con los primeros rayos del sol. Y por la noche con los últimos rayos las volvía  a cerrar. ¡Había visto tanta  gente entrar y salir gente del pueblo! Con el tiempo, había aprendido distinguir las intenciones de cada uno: buenas o malas. Ahora sus fuerzas le abandonaban y le costaba levantar la gran llave. En cuanto a la puerta, era tan pesada que el anciano Simeón no podía abrirla. Un guarda joven había tomado su puesto. Simeón era sólo era responsable de una pequeña puerta al Este del pueblo. Jamás en su vida la había visto abierta. Sin embargo se le llamaba” la Puerta Alta”. Cuando había comenzado su carrera de guardián, su predecesor le había confiado la llave, y le había recomendado cuidar que no se herrumbrase. Pues añadió:” Un día será necesario abrir la Puerta Alta. Cuando haya llegado el momento, lo sabrás con certeza”.


Durante todo el tiempo de su servicio, Simeón había cuidado la llave.


¿Llegará el momento de abrir la Puerta Alta? Sumido en estos pensamientos el anciano se levanto cuidadosamente de su silla. Fue hacia el armario y sacó a la llave. Después volvió a sentarse en la ventana, mirando caer la nieve silenciosa. Simeón frotaba la nieve con le punta del manto de lana. Era una llave de hierro, pero ahora relucía como una llave de plata. Simeón volvió a pensar en las palabras de su predecesor. “Un día, habrá que abrir la Puerta Alta. Cuando haya llegado el momento lo sabrás”.


Cada vez que pensaba en esto, el anciano se preguntaba si, por descuido, no habría dejado pasar la gran ocasión y no se habría dormido en el momento oportuno.


En ese instante, le pareció que el cielo se aclaraba al Este, como si las nubes de nieve se  abriesen en esa dirección. La luz se intensificaba y tomó forma de una puerta alta toda dorada.

Y la puerta se abrió, y un niño pasó por el umbral, miró a su alrededor y luego con su manita hizo un gesto en dirección al viejo guarda. El niño comenzó a descender hacia la Tierra, por un camino que no era visible. Siempre miraba de nuevo a Simeón que observaba la escena estupefacto. De repente el anciano gritó: “¡La Puerta Alta!” El niño se dirige hacia la Puerta Alta, mientras que yo me quedo  al calor mirando boquiabierto”. Se levantó con sus viejas piernas lo más rápido posible. Envuelto en su manto de lana, salió en la nieve hacia la muralla del Este del pueblo. En el camino no se cruzó con nadie. No era de extrañar: por el tiempo que hacía, la gente se quedaba en sus casas. El anciano no veía ya la puerta de oro en el cielo, pero hacia el este veía todo el tiempo un resplandor.

Llegó por fin la Puerta Alta. Introdujo la llave que había cuidado tanto, en la cerradura y se abrió fácilmente sin ningún ruido. El niño estaba en el umbral. Tendió su mano pequeña a Simeón: “Gracias por haber escuchado la llamada y haberme abierto la puerta”, le dijo; “mira, yo he dejado también una puerta abierta, es para ti”.


El viejo guarda levantó sus ojos y vio en el cielo la puerta de oro. Estaba abierta, muy grande: un camino luminoso conducía hasta ella. Simeón, radiante de alegría, se dirigió enseguida hacia la puerta de los cielos. El niño le siguió con la mirada hasta hubo desaparecido.


Después de unos días, todo el mundo se preguntaba donde estaría el viejo guarda. Salieron en su busca pero nadie lo encontró- Así, unos extranjeros  habían llegado al pueblo: un hombre, una mujer joven,  y un burro, que el guarda estaba seguro de no haberlos visto pasar. ¿Cómo habían entrado?


Asombrado, el joven guarda fue a controlar la Puerta Alta: ¡Estaba completamente abierta y la llave había quedado en la cerradura! “¡El viejo Simeón ha debido perder la cabeza! Ha abierto la puerta y se ha ido”, murmuró. “Cerró la puerta llevándose la llave”.


Jamás se dudó que aquél que debía entrar por la Puerta Alta estaba ya en el pueblo.


 
22 de diciembre



El Pequeño Flautista


Daniel paseaba por las calles de Belén tacando su flauta. ¡Que música tan alegre! Aquellos que la escuchaban tenían el corazón contento. Sin embargo nadie envidiaba la suerte de Daniel. Desde su nacimiento, su corazón era débil, lo que no le permitía jugar con otros chicos. Cojeaba un poco de la pierna izquierda y además era ciego. Eso era lo más triste.


Daniel era un muchacho feliz, y su alegría era contagiosa. Una mañana, una espesa niebla envolvía el pueblo. Al mirar por las ventanas, los habitantes sólo veían un velo gris. Las callejuelas y los lugares conocidos parecían irreales. Esto no era lindo para nadie, menos para Daniel. La niebla no lo podía detener en casa, al contrario. Ese día, Daniel tenía más que unas ganas de salir. En esa época, todavía no se festejaba la navidad, por supuesto. Pero la alegría que sentía el chico era muy parecida  a la que sentimos ala acercarse la fiesta de la luz. El tomó su flauta, y después se dejó guiar por su fino oído. Se dirigió a hacia la puerta del pueblo y fue a sentarse sobre su piedra preferida. Sentado así en medio de la niebla, tocaba en su flauta: “¡Hija de Sión, regocíjate!” En ese momento no era el niño ciego, era una orquesta nupcial que tocaba para el novio real y su joven esposa. Daniel tocaba con todo su corazón y no se dio cuenta de los velos de bruma que flotaban alrededor de él e impedían a la gente ver; él tocaba, ¿pero porqué tocaba?  ¡Para que María y José  encontraran el camino a la Puerta Alta!


Pues tenía que cumplirse la profecía que decía que encontrarían por esta puerta al pueblo.


María y José se habían perdido en la niebla y erraban al azar en este mundo velado. De repente escucharon el cato de la flauta: “Hija de Sión, regocíjate”. María y José se pararon para escuchar el canto maravilloso; después  continuaron la marcha en dirección de donde venía esta dulce música. Enseguida María percibió, surgiendo de la niebla, la silueta de un muchachito sentado sobre una piedra y con la flauta en los labios: “¿Quién es este enviado d Dios”, se preguntó, “que parece estar aquí para guiarnos?”

Escucharon al pequeño músico sin moverse, sin interrumpirlo. Cuando hubo terminado su canto, Daniel se volvió hacia ellos: “Quienes son ustedes?, le preguntó, “¿Qué hacen aquí?”.


“somos gente pobre; ¿Quieres indicarnos el camino a Belén?”, respondió José.


“Ustedes ¿gente pobre?, dijo el chico asombrado. Durante un momento su mirada parecía examinarlos atentamente. Añadió finalmente: “Están al pie del muro que lo rodea. Siguiéndolo, llegarán delante de la puerta”. María y José percibieron ahora la sombra de la muralla. Agradecieron al pequeño flautista y continuaron su camino. Es así como llegaron a la Puerta alta, la cual encontraron abierta, con la llave plateada en la cerradura… y encontraron el pueblo.


            María y José escucharon alejarse el sonido de la flauta. Daniel tocaba más y más. Era necesario que su alegría se expresase, pues habían visto algo maravilloso. Se había sentido bañado por una luz y en ella había percibido a dos personas que llevaban conillos a un niño. Y el niño  le había hecho una señal: “¡ven!”. Oh, sí, Daniel iría, iría cuando llegase el momento. Por ahora no podía más que soplar y soplar su flauta, como si con su música, tuviera que disipar la niebla y su ceguera.





 
23 de diciembre



Los Posaderos de Belén


María y José habían llegado por fin a Belén. El viaje había sido largo y estaban muy cansado; incluso el pequeño burrito trotaba al lado de ellos preguntaron:”¿Porqué no paramos en alguna parte?” María y José habían golpeado todas las puertas o casi todas. Quedaba un albergue donde todavía no había probado suerte. Era una casita a las afueras del pueblo, con un patio y un viejo establo deteriorado. José se sentía sin ánimo, pero igual golpeó la puerta. Abrió el posadero. María y José vieron que su casa estaba llena. Apenas se atrevían  a pedir lo que buscaban. Tito,  el posadero, tuvo compasión de ellos pues se veía que estaban extenuados.


¿Dónde podría alojarlos ?Tito se rascó la cabeza y murmuró:”¿Cómo hacer? Hay que conseguir un techo para ellos y su burro. Están muy cansados y tienen necesidad de dormir, yo estoy aquí para acoger a las personas que vienen de lejos. Pero mi albergue está lleno, incluso están durmiendo en los bancos”. Su mirada recorría la oscuridad del patio. De pronto sus ojos se iluminaron: “En frente la lámpara está prendida y después de todo es posible que esté esperándolos a ustedes. ¡Síganme! tendrán una casita sólo para ustedes, o casi. Hay que decir que no es muy grande y cómoda, pero tendrán un techo sobre sus cabezas y paja para acostarse”.


¿A dónde los condujo Tito? Lo han adivinado; al establo del buey Remo; en este viejo establo donde los ratones de Navidad habían puesto orden y donde la pequeña estrella se había acurrucado en el farol y expendía su dulce luz.


Así María, José y su compañero de ruta, el burrito, se instalaron en el establo. Remo, el buey, aceptó su compañía de buena gana. Habían llegado a su meta, y…. ¿qué podía ocurrir ahora?


¡Podía llegar la Navidad!








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24 de diciembre





El Hijo de Dios



La noche caía, la Noche Santa y un gran silencio reinaba sobre la Tierra. Era como si el mundo retuviese su aliento. Pero en el cielo, los ángeles elevaban su mirada hacia las esferas más altas, donde, en medio del círculo de los Querubines y serafines, se erguía el trono de Dios. Y he aquí lo que se había esperado por tanto tiempo, deseado tan ardientemente, se produjo: de pronto el círculo se abrió y el trono de dios se hizo visible para los moradores de los cielos. Del trono surgía alguien tan claro y luminoso, tan sereno y puro, que incluso el lenguaje de los ángeles no sabría describirlo. Miró con benevolencia la ronda de los ángeles que elevaban sus ojos hacia él y no cesaban de adorarlo.


Pero el se hizo a un lado, y la mirada grave y solemne de Dios Padre atravesó las esferas celestes. Delante de El se abrió un camino luminoso que descendía cada vez más hasta llegar a la Tierra. Allí, los Ángeles no vieron más que un establo pobre, donde una mujer y hombre estaban sentados cerca de un pesebre, en compañía de un buey y un asno. El hombre dormía. Pero la mujer dirigía la mirada hacia el cielo, y cuando percibía el camino luminoso, elevó sus brazos. Entonces el ser de luz, el Hijo de Dios que había surgido del trono de Dios, comenzó a descender por él y a medida que bajaba y atravesaba los círculos de todos los ángeles, éstos entonaban un canto cada vez más grandioso.


Al pasar de un círculo a otro, el Hijo de Dios se transformaba sin cesar y primero se volvió semejante a los Serafines, los ángeles más elevados; después era como los Querubines, y fue dejando una tras otra todas las formas de gloria celestial como quien se quita un vestido. Pasó por el círculo de los Arcángeles, para volverse a encontrar en el de los Ángeles, y para dejarlos a ellos también. El pobre establo irradió claridad cuando el Ser de luz se aproximó a María y la cubrió con su sombra luminosa… y su luz se volvió a encontrar en los ojos del Niño. Que la madre de Dios tenía sobre sus rodillas.


Entonces el canto de los ángeles prorrumpió  de nuevo  en los cielos y la Tierra resonó con su alabanza: “Hoy os ha nacido el Salvador, Cristo, el Seños.”


Jamás desde esta noche, el círculo de los Querubines  y de los Serafines  se ha vuelto a cerrar. El camino luminoso vuelve a unir desde entonces  y para siempre  el Trono de Dios a la Tierra  y cada año, Cristo desciende desde allí, desde su Padre hacia los hombres, para nacer entre ellos y llegar a ser semejante; y para plantar su luz en los corazones, a fin de que empiece  a brillar en sus miradas, como ya brilló otrora en los ojos del Niño Jesús.


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