Rita
Moderator
Este adviento voy a contaros un cuento de León Tolstói:
Martín el Zapatero (Dónde está el amor, allí está Dios.) y espero que os guste.
30 de noviembre
Vivía en un pequeño pueblo de montaña un zapatero llamado ‘Martín Avdieitch’, quien habitaba en un sótano una pieza (habitación) alumbrada por una ventana. La ventana daba a la calle y por ella se veía pasar a la gente; y aunque sólo se distinguían los pies de los transeúntes, Martín reconocía por el calzado a cuantos cruzaban por allí.
Viejo y acreditado en su oficio, era raro que hubiese en la ciudad un par de zapatos que no pasara una o dos veces por su casa, ya para remendarlos con disimuladas piezas, ya para ponerles medias suelas o nuevos tacones. Por esa razón veía él, a través de su ventana, la obra de sus manos.
Martín siempre tenía encargos de sobra, porque trabajaba con limpieza, sus materiales eran buenos, no cobraba caro y entregaba la labor confiada a su habilidad el día convenido. Por esa razón era estimado de todos y jamás faltó el trabajo en su taller. En todas las ocasiones demostró Martín ser un buen hombre; pero, al acercarse a la vejez, comenzó a pensar más que nunca en su alma y en aproximarse a Dios.
Martín el Zapatero (Dónde está el amor, allí está Dios.) y espero que os guste.
30 de noviembre
Vivía en un pequeño pueblo de montaña un zapatero llamado ‘Martín Avdieitch’, quien habitaba en un sótano una pieza (habitación) alumbrada por una ventana. La ventana daba a la calle y por ella se veía pasar a la gente; y aunque sólo se distinguían los pies de los transeúntes, Martín reconocía por el calzado a cuantos cruzaban por allí.
Viejo y acreditado en su oficio, era raro que hubiese en la ciudad un par de zapatos que no pasara una o dos veces por su casa, ya para remendarlos con disimuladas piezas, ya para ponerles medias suelas o nuevos tacones. Por esa razón veía él, a través de su ventana, la obra de sus manos.
Martín siempre tenía encargos de sobra, porque trabajaba con limpieza, sus materiales eran buenos, no cobraba caro y entregaba la labor confiada a su habilidad el día convenido. Por esa razón era estimado de todos y jamás faltó el trabajo en su taller. En todas las ocasiones demostró Martín ser un buen hombre; pero, al acercarse a la vejez, comenzó a pensar más que nunca en su alma y en aproximarse a Dios.