Calendario de Adviento de 2014

20 de diciembre

Martín contó a la anciana la parábola del acreedor que perdonó la deuda y del deudor que quiso matar a quien lo había favorecido. La vieja y el muchacho escuchaban.

Dios nos manda perdonar prosiguió Martín, porque de otro modo no seremos perdonados.... hay que perdonar a todos y, sobre todo, a los que no saben lo que hacen. La vieja inclinó la cabeza y suspiró.

No digo que no – murmuró la vendedora; pero hay que reconocer que los niños están muy inclinados a hacer el mal.

Por eso a nosotros los viejos nos corresponde enseñarles a hacer el bien.

Eso es lo que yo digo – repuso la anciana. He tenido siete hijos y sólo me queda una hija.....

 
21 de diciembre

Y la vieja se puso a referir que vivía en casa de su hija y cuántos nietos tenía.

¿Ves dijo que débil soy? Pues a pesar de ello trabajo para mis nietos. ¡Son tan lindos, salen a mi encuentro con tanto cariño! Y mi Aksintka! Esa sí que no iría con nadie más que conmigo: ¡Abuelita! me dice querida abuelita!  

Y la vieja se enterneció.

La verdad es que lo ocurrido no ha sido más que una niñería; con que ¡vete y que Dios te proteja! agregó dirigiéndose al chiquillo. Pero como en aquel instante fuese la anciana a cargar de nuevo el saco sobre sus hombros, el pequeño se apresuró diciendo:

Dámelo, viejecita, yo te lo llevaré; precisamente vas por mi camino. Y se fueron juntos, olvidándose la vendedora de reclamar a Martín el importe de la manzana; el zapatero, al quedarse solo, los miraba alejarse y oía su conversación. Los siguió un rato con la vista y luego volvió a su casa; encontró las gafas intactas en la escalera, recogió su lezna y puso de nuevo manos a la obra.

 
22 de diciembre

Trabajó un poco, pero ya no había suficiente luz para coser y vio pasar al empleado que se disponía a encender los faroles.

Tengo que encender la lámpara se dijo.

Prepara su quinqué, lo cuelga y continúa el trabajo. Terminada la bota, la examina: está bien. Recoge sus herramientas, barre los recortes, descuelga la luz colocándola sobre la mesa y toma del estante el Evangelio. Quiere abrir el tomo en la página en la que se había quedado la víspera, pero fue a dar a otra.

Al abrir el libro santo recordó su sueño del día anterior y sintió que algo se agitaba detrás de él. Volvió la cabeza y vio, o al menos se lo figuró, que había alguien en uno de los ángulos de la pieza ....

 
23 de diciembre

Era gente, en efecto, pero no la veía bien. Y entonces una voz murmuró a su oído: ¡Martín! ¡Eh, Martín! ¿No me reconoces?

¿Quién eres? preguntó el zapatero.

¿Soy yo! dijo la voz ¡Soy yo!

Y era Stepanitch quien, surgiendo del oscuro rincón, le sonreía y desaparecía, esfumándose como una nube.

¡Soy también yo! dijo otra voz.

Y del rincón oscuro salió la forastera con el niño: la mujer sonrió, sonrió el niño y ambos se desvanecieron en la sombra.

¡También soy yo! exclamó una tercera voz. Y surgió la vieja con el muchacho, el cual llevaba una manzana en la mano. Ambos sonrieron y se disiparon como los anteriores.

 
24 de diciembre

Martín sintió una suprema alegría en su corazón; hizo la señal de la cruz, se caló las gafas y leyó el Evangelio, en la página que estaba a la vista: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recogisteis”. Y al final de la página: “Lo que habéis hecho por el más pequeño de mis hermanos es a mí a quien lo habéis hecho” (San Mateo XXV).

Y Martín comprendió que su ensueño había sido un aviso del cielo y que, en efecto, el Salvador había estado aquel día en su casa y era a Él a quien había acogido.

 

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