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Joaquim Ruyra

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Aniversario

un cuento de

Joaquim Ruyra

El abuelo Guixer era un viejecito de piernas baldadas, antiguo pescador, que se pasaba las horas cantando a veces, otras renegando (este era un dejo del oficio), rezando otras, pero siempre conservándose bonachón y candoroso como un niño. Más pulido era que una azucena; y daba gozo verle, entrado el verano, en el patio de su casa, bajo el emparrado; sus cabellos blancos eran parecidos a la espuma del jabón, su caraza fresca y encendida, su camisa de hilo, basta, fulgurando de limpieza y esparciendo el olor doméstico de la colada, los brazos arremangados, las manos activas, entretejiendo juncos o aderezando cuerdas. No había hombre más experto en quisicosas de pescar. Labraba nasas, garbitanas, palangres, mangas… Y él con sus artes, y la mujer haciendo charlar de sol a sol los bolillos en la almohadilla de encajes, sin detenerse más que lo preciso para acudir en un santiamén a los menesteres de la casa, vivían con suficiente holgura.

Yo, aficionado a la pesca, con la excusa de llevar a componer un volantín o la faz de una nasa, visitaba con frecuencia al buen hombre. Al cabo fuimos excelentes camaradas.

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Lo que es durante el verano, no dejaba yo de ir a pasar un ratito en su casa ningún día. Se estaba allí como en la gloria. Me sentaba en el poyo fresquísimo del patio, a la sombra de los pámpanos, y ora fumando un cigarrillo cedía al blando poder soporífero de las canciones del viejo, ora discurría con él de los negocios del mar, que yo contemplaba más allá del portal abierto a todas horas. ¡El mar! Yo me sentía enamorado de él. No así el viejo, y a pesar de todo, algo experimentaba hacia el mar, aunque fuese con el sentir de un marido hacia una mujer de malas entrañas que le ha ocasionado muchas desazones, pero que al fin y al cabo no deja de habérsele arraigado en el alma. Jamás decía del mar cosa buena. «¡El mar! ¡Fuego maldito le seque! ¡Maldiciones cayeran sobre el mar!» Y le sobraban motivos para odiarlo, porque le había robado un hijo, el único, que en la flor de la mocedad se ahogó con sus compañeros de embarcación. Alguna vez lo amenazaba con el puño cerrado:

-¡Ladrón! -decía.

Pero si no hubiese podido contemplarlo, se hubiera añorado. No cabía duda, porque apenas se permitía levantar la cabeza en breve asueto, ya estaba comiéndoselo con la mirada, y todas sus distracciones consistían en resolver a qué barca pertenecía una vela apenas se vislumbraba, y en descifrar los pronósticos de los tiempos según el juego de las neblinas inconsistentes.

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Un día en que, según costumbre, me encaminé a su casa, me asombró hallar la puerta cerrada. A pesar de oír pasos y andanzas en el interior, no quise llamar, por no sentar plaza de importuno, y di en pasear calle arriba y calle abajo. Caía un diluvio de sol, pero yo me erguía muy valiente. Me entretuve contemplando el paisaje luminoso; el cielo de un firmísimo azul, las casas blanquísimas en hileras al pie de una eminencia peñascosa de color moreno candeal, donde brillaban las retamas en flor como las joyas sobre el pecho áspero y tostado de un zíngaro; y luego el mar y las arenas rubias, y los laúdes con sus velas puestas a secar, y las cordilleras lejanas, azuladas, casi transparentes…

¡Maravilloso día! Y la quietud reinaba en el pueblo, que se diría aletargado. No se veía casi a nadie. En la playa candente unas mujeres, en cuclillas, con los pañuelos de la cabeza echados adelante como la vela de un carro, repasaban silenciosas los desgarros de unas redes. Más allá el maestro de ribera, junto a una embarcación volcada había puesto a hervir en un fueguezuelo su cazo de alquitrán. Un chico pescador había arrinconado su caña, y, tendido a su sabor en lo alto de una roca, dormía tranquilamente. Todo ello se percibía a través de la vaharada que exhalaba la tierra, un vapor comparable a la pequeña sombra movible que produce un vidrio pasado rápidamente por un rayo de luz. De las breñas bajaba un canto de cigarras, pertinaz, sin fin.

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Al principio me empapé de sol con cierto deleite; lo desafiaba a que me tostase:

-Ea, achicharra cuanto te venga en gana; que al cabo, don de tus manos es el vigor

Pero no tardé en sentir molestia. Mi vestido ardía, y yo me dije:

-Agora lo veredes; no echaré de menos sombrillas ni toldos.

Efectivamente, los laúdes con sus velas extendidas me ofrecían refugios deliciosos, tentadores, principalmente un par de embarcaciones que salían al bou. Las enormes velas, se veían atadas a manera de toldo de una a otra barca. No consentían el paso a un ápice de sol; y en cambio por escaso que anduviera el vientecillo marino, había de deslizarse por allí con frescores de gotas diminutas, apenas cayere lánguidamente una ola sobre la playa. Me encamine hacia allí, y al llegar, ¡qué sorpresa!, veo al abuelo Guixer sentado sobre unas cuerdas arrolladas.

Era él, sin duda… Aunque estaba de espaldas, se le reconocía infaliblemente. Su cabezota blanca, descubierta; sus dilatados hombros sin más impedimenta que la camisa y los tirantes… Iba a llamarle, cuando paré mientes en que estaba pasando el rosario.

Entonces adiviné la solución de todo. Nos hallábamos en catorce de julio, aniversario de la catástrofe de su chico. El excelente abuelo cumplía con un piadoso deber. Muchas veces me había contado que en semejante día abandonaba sus tareas; y bien sabía yo que mientras pudo valerse de las piernas no había faltado ningún año a la iglesia, donde oía una misa de difuntos, él, que muchos domingos la descuidaba. ¡Pobre viejecito, mira qué idea se le ha ocurrido! Ante el mar, en presencia del poético cementerio de su hijo, viene a rezarle unas oracioncillas… ¡Ah!, si la candidez es amable a los divinos ojos…

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Instintivamente me quité la gorra y murmuré unos padrenuestros. ¡Me dominaba una emoción tan honda! El mundo se iba obscureciendo, obscureciendo ante mis ojos humedecidos. No veía más que el hervor de fuego que producía el sol al llover sobre el agua azul. Mas, para mí, en aquel instante no había sol ni realidad. Una ilusión me sojuzgaba. Todas aquellas lucecillas eran mil y mil llamas de las candelas que ardían para un oficio de difuntos, en un templo inmenso, cuyas lejanías se perdían en tinieblas vagarosas. Se oía el trémolo del órgano, solemne, grave, devotísimo, creciendo poco a poco, decreciendo después blandamente… El éxtasis de algo santo se enseñoreaba del corazón.

El viejo que me había sorprendido con el rabillo del ojo, al concluir el rosario dijo una salve en voz alta para que pudiera seguirla, y luego, volviéndose, me saludó afablemente:

-Gracias, gracias, y goce mil años.

Y yo no pude articular palabra porque la emoción me anudaba la garganta, pero le estreché fuertemente la mano.

Puedo jurar que en mi vida me alejé de duelo alguno con el alma tan emocionada. Mas el viejo no se inmutó en lo más mínimo; permanecía tranquilo, sereno, no se daba cuenta de lo que a mí me sobreexcitaba. Así era aquel hombre; tenía rasgos de poeta sin darse cuenta, sin perder jamás aquella simpática ignorancia que le garantía incapaz de artificios.

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Finilla
un cuento de

Joaquim Ruyra

Finilla está sola en casa, y el miedo no la deja pegar los ojos. Su padre y hermanos salieron a la pesca de sardina a cosa de media tarde, y no volverán hasta mañana, cuando el sol haya subido buen trecho, porque quieren aprovechar las caladas de tarde y las mañaneras. Su madre, pobrecilla, se ahogó hace algunas semanas en el mar obscuro y sin límites en el que tarde o temprano hemos de sumergirnos todos. Finilla está sola en casa y el miedo no la deja pegar los ojos.

Apenas ve blanquear en los vidrios opacos de su ventana el primer albor matutino, salta del lecho, se viste en un santiamén y sale del portalón de su casa solitaria. La casa se levanta sobre una colina, en despoblado, junto al mar, entre higueras y sarmientos.

La obscuridad arrecia todavía. Todavía la luz de la lámpara que arde a un lado de la casa, ante una pequeña capilla, es más poderosa que la luz de la aurora, y da tonos amarillos a una ancha zona de la pared. Higueras, sarmientos y breñales negrean doquier. Los arbustos de pita parecen grandes candelabros apagados prematuramente. En hilera, a lo largo del mar ensombrecido, van surgiendo grisáceos y brumosos los peñascales de la playa, semejando una larga procesión de vírgenes fantásticas que recubren los velos nupciales. Rozando con uno de los más lejanos, fulgura una estrella que podría tomarse por el diamante de la novia más rezagada. Y es que aún reina la noche, y el día pálido no hace más que mirarla tímidamente por entre las hendiduras de los negros nubarrones que amurallan el cielo en el levante.

La niña se sienta en un poyo y sigue el horizonte con la mirada, buscando la vela de su padre, pero no ve más que el gran desierto de agua. La vela que ella busca debe de encontrarse lejos, lejos, a la otra parte de la bruma.

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Mientras está inquiriendo oye un ronco toser, vuelve la faz y ve a un hombre que avanza por el sendero. Su corazón se dilata. Ya no está sola. El viandante es hombre alto y férreo, de camisa entreabierta, desprovisto de chaqueta y chaleco, con breves calzas harapientas, brazos arremangados, pies descalzos y cayado imponente en la mano. Finilla le ha conocido inmediatamente, pero apenas él ha desaparecido cuesta abajo, la atemoriza el mismo que la animara con su presencia, y corre temblorosa a esconderse muy encerradita en su casa.

El viandante es un forastero, a quien no se conoce más que por el Hombre del bosque. Desde que vino a la comarca habita en la selva en una cabaña de troncos y césped, sin más sociedad que la de un perro de pastor. Ejerce de carbonero, y cuando le sobra tiempo se dedica a la pesca, tendiendo mallas para aprisionar las saupas escondidas, persiguiendo los cangrejos por las anfractuosidades de las rocas y valiéndose de cebo y residuos para que bises y doradas, que se acercan a las marismas en noche de luna, sucumban al anzuelo de su caña. Baja de vez en cuando a la cala y tira de las redes con los demás; pero, concluida la labor, no permanece allí suspenso, antes bien recoge la debida porción de pesca, silba a su perro, que apartado de a zalagarda le vigila desde algún cabo roquero, y ambos se pierden en lo intrincado del bosque, o se alejan por el roquedal. Amo y perro tienen un aire de familia por lo zahareños, pelirrojos y asquerosos. Del amo nada se cuenta, elogios ni recriminaciones, pero todo el mundo le mira con recelo. A buen seguro que Finilla no le advierte sin zozobra.

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La medrosita se encerró en su cuarto hasta la salida del sol. Pero ya el sol desbanda sus temores. Pujante, gallardo, denodado, no parece el mismo sol que se ponía ayer, decadente y dolorido. Surge del mar dotado de juvenil frescor, como si un baño saludable le hubiere remozado. El mundo se alboroza… recupera sus colores. Parece que las plantas sonríen entre lágrimas que esta noche lloraran.

A la niña le parece increíble su pasado terror. Sale de su casa, y triscando de una línea de sarmientos a su vecina, de un haza a otra, llega a la cercana y diminuta playa. Allí saltan sus pies descalzos sobre las eneas húmedas de rocío, con infantil jugueteo. A cada salto descubre un sin fin de preciosidades; pechinas, cuernos marinos, ramitas de coral, piedrezuelas de Santa Lucía y zapatitos de la Virgen, deshechos traídos por la resaca, que pertenecen al primero que se incline a cogerlos. Para más solícitamente reunirlos, se pone de rodillas, y de rodillas avanza, hasta que la humedad de las eneas le empapa los vestidos y se allega a la piel. Entonces repara en que se ha mojado desastrosamente; se aparta de allí y temblando de frío, se dirige al limpio arenal. Pero también el arenal está húmedo y frío. En cambio una ola que casualmente mojó sus pies estaba tibia… calentita.

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¡Qué ganas le vienen de tomar un baño! El mar está bonancible. Las olas se despliegan suavemente, y arriba y debajo de la vertiente de la playa se desperezan con abandono sobre la arena; dejan en pos de ellas una lisura luciente como bruñida plancha de cobre. Algunos bancos de guijarros morenos, que se dibujan en la ensenada, ora se sumergen en el agua, ora reaparecen y entonces gotean todos los hilillos del musgo verde que moran en las escabrosidades, ¡no parece sino que estén holgando en un baño de placer! La cala permanece sola, oculta entre elevadas peñas que manchan acá el sol y acullá las sombras violáceas.

La niña piensa que tan de mañana y en tan escondido paraje nadie puede turbarla. Introduce las conchas en un hueco, tiende el delantal, el cuerpo y las faldas en una soleada roca, y al quedar en camisa, mira con espanto a su alrededor, y corre a ocultarse en el mar. Allí experimenta un calorcillo halagüeño que va circulando por todo su ser. Se extiende lánguidamente como en un lecho, y con la cabeza inclinada a la derecha, una mejilla y una oreja dentro del agua, los ojos casi cerrados de pereza y una bonita risa en los labios, empieza a mover brazos y piernas con blando movimiento. Poquito a poco nada hasta los guijarros salientes y después de haber pellizcado en el banco de almejas, juguetea en el agua con ellas, abriendo sus cáscaras y comiendo la carne; éste será su almuerzo.

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Al cabo de un ratito penetra en la ensenada la gran senda flamígera que el sol extiende por el mar. El astro envía allí sus rayos más directos. El agua reluce como el lomo de un pez escamoso y dorado. La espuma se platea, y al desflorarse salpica de chispas ígneas las rocas y el arenal. El sol calienta de veras. Pero la rinconada de levante no ha perdido todavía su sombra matutina donde se mezclan armoniosamente las vislumbres que el agua envía hacia las peñas y las vibraciones doradas que las peñas dirigen al mar, en el cual se ven reflejadas. La niña se dirige allí después de refrescar todo el cuerpo en unas inmersiones. Allí, junto a la playa, se recuesta sobre una roca fina. El agua apenas cubre su cuerpo, su cuerpo frondosito que, mal abrigado, casi desnudo, se manifiesta como a través de un puro cristal verdoso. Pero la niña se juzga completamente resguardada porque su faz está vuelta hacia la parte que el sol baña, y ve ante sí el agua lustrosa, impenetrable a toda mirada. No se figura que su propio cuerpo impida detrás de ella el efecto de luz.

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Saborea la paz y el calorcillo, y reposa. No ha de inquietarse por nada; no la solicita ni la disposición de la comida puesto que no ha de conocerla hasta que llegue el laúd de su padre bien surtido. Sólo se inquieta al pensar que le será forzoso volver a casa sin camisa, aunque una vez se haya puesto las faldas y el cuerpo, no se notará el descuido. Para vestirse tendrá que guarecerse en algún escondite porque, desprovista de sábana, podría sufrir un bochorno si alguien asomaba por aquellos caminos. ¡Pero lo que sobra son escondites!… Por otra parte, en días de bonanza no suele acogerse a aquel retiro más embarcación que la de su padre… y cátala allá a lo lejos, y es notorio que avanza a buen paso. La niña no puede confundir con un lienzo extranjero la vela que tantas veces remendó con sus propias manos. Fija en ella los ojos alegres, cual si viera el ala de un ángel familiar. Aquel laúd es su protección y su amor y todo su deseo. Apenas atraque, Finilla será servida a su antojo; uno de sus hermanos irá de un salto a recogerle los trapos que necesita. ¡Cuán bella es la añorada embarcación resbalando sobre el sosiego del mar, y acercándose a quien la aguarda! La niña sigue su curso con la mirada y cuando, impelida por una bordada, se oculta la vela luminosa tras unas peñas le parece que se ha eclipsado una estrella y que una tristeza se difunde por el mar.

En tanto, no le falta esparcimiento. Mientras aguarda el laúd, se deleita contemplando en el tembloroso espejo de las aguas la fiel imagen de las nubes y las gaviotas, gala del espacio. Goza también contemplando su faz temprana y linda de doncellita en los dieciséis. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que por última vez la viera reflejada? No se acuerda. Finilla parece ya una mujer, y es más bella que antes… muchísimo más. Su piel conserva la antigua delicadeza, mas hoy florece con desusada ostentación. Las niñas grandes y obscuras de sus ojos derrochan luz, luz de veras, bajo el abanico de seda con que las pestañas las sombrean. Cuando abre un sí es no es la boca, y la blanca dentadura relampaguea entre los labios encendidos, entonces, sobre todo entonces, su cara es hechicera.

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Mirándose en el mar ensaya mil donosuras. Semicierra los ojos, sonríe… ¿qué más?, hasta saca la lengua. Cuando más absorta contempla sus gestos caprichosos, siente un zarpazo en el hombro, se vuelve despavorida y ve en el agua, junto a las suyas, las piernas vestidas de un hombre. Se le ocurre enseguida que tal vez se trate de un pescador que habrá caído en su atalaya.

-Jesús -exclama- ¿qué es esto?

Y volviéndose más, descubre la cabeza del intruso. Se le hiela la sangre en las venas, palidece. En los ojos de ella se clavan los de él, fijos como los de una estatua. Él permanece inclinado hacia delante, sujetando con la manaza la ondulante espalda de la niña. No se mueve, pero tiembla de pies a cabeza. Se le cayó la gorra, y su pelo rojo, leñoso y aglutinado, parecido a las fibras de una corteza de coco, cuelga a mechones por frente y orejas. Su caraza abollada, de pómulos salientes, mandíbulas chatas y labios gruesos revela singular desazón. En sus ojos, hundidos y de un azul de aguas profundas, hay cierto estrabismo de locura. La respiración se escapa silbando de sus labios enjutos.

La inmovilidad dura un instante. El hombre parece decidirse. Un leve estremecimiento circula por la red de músculos y tendones de sus brazos. Finilla procura desviar el impulso temible, sonriendo, pero ¡con qué desmayada sonrisa!

-¡Eres un necio! -exclama-. Al avío, al avío.

Pero al notar que él se acerca todavía más, se embravece súbitamente, une las cejas y grita alarmada, furiosa:

-¡Arre allá, infame!

Él se inmuta. Afloja la mano, se yergue y vierte una mirada a su alrededor. Finilla aprovecha la ocasión. De un tirón se arranca por completo al cautiverio, y brinca hacia el mar libre y hondo. Pero inmediatamente la ensordece un rugido monstruoso:

-¡Lisa borracha, caíste en mis redes!

Y siente al mismo tiempo el zarpazo de su perseguidor, que la alcanza y la levanta sobre el agua, apestándola con la vaharada salvaje que exhalan sus ropas y su carne. Un chillido desgarrador hiende el aire pacífico de la ensenada.

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En esto, un can rojo ladra desaforadamente en lo alto de una peña, y las gaviotas que ambulaban por la playa, levantan el vuelo, alarmadas. Los ecos responden a los ladridos… El Hombre del bosque, que había echado a andar con su carga, se detiene y escucha.

-Nadie -murmura, y animado de bestial ferocidad estrecha entre sus brazos el despojo, y -mientras ella se agita cada vez más desmayadamente- se dirige con agua hasta las rodillas a las cavernas de la costa. Sus pies resbalan sobre el liquen que decora las escabrosidades; no puede acelerar sus pasos. Cuando ha dado ya algunos, un relámpago de oro se extiende por el agua charolada que duerme en la penumbra. Es la vislumbre de una vela que acaba de salir de un estrecho de rocas, y, rociada de sol, se desliza rápidamente al interior de la ensenada. Los tripulantes han atisbado la escena de horror. Mudos de indignación, se echan a la orla, blandiendo a guisa de armas los remos largos y pesados.

El primer impulso del raptor sería fugarse con su presa. Luego muda de parecer. Suelta a la niña desfallecida y sin sentido, la abate contra una roca; y fuera de sí, en la embriaguez de la ira, levanta la cabeza ante la embarcación que va a acometerle como un ave gigantesca de combate.

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Arranca del húmedo suelo una piedra ingente, y armado con ella se dispone a la lucha. Pero su decisión se aminora a medida que el laúd se va allegando, allegando y parece crecer; y se oye la sonoridad del agua que se enrosca gruñona ante la proa; y siente el calor solar difundido por la ancha vela que oculta casi todo el cielo. Entonces pierde el ánimo, y, lívido, avertigado, arroja la piedra que enarbolaba y huye, brincando de peña en peña seguido de su can.

No ha vuelto jamás a la comarca. Al cabo de algunos días la gente no recuerda ni la existencia del Hombre del bosque. Sólo Finilla, enfermiza desde el espanto, piensa a veces en él con ardua congoja… y… cosa rara… con algo así como piedad y añoranza. En la hora crepuscular, Finilla, sola en el portalón de su casa, se siente invadida por un desmayo espiritual, lleno de ensueños y blandicias, y le parece como que su alma se desapodere del cuerpo y vague con la mirada por los peñascales de la playa; y no encuentra más que soledad en las peñas, en las calas, en todo paraje…; y le viene una sombra de idea de que cuando el Hombre del bosque aparecía por allí no había tanta muerte en todo aquello. Piensa que es un dolor que aquel hombre montaraz se hubiese vuelto loco, pobrecillo, y hubiese marchado para no volver jamás, jamás… Y este jamás va repitiéndose en lo íntimo de su corazón, como los ecos que bordean las anfractuosidades de una garganta, y se alejan, sonando cada vez más apagados y quejumbrosos. Y en medio de sus tristezas, alguna vez el perfil de un árbol o de una breña le reproduce la figura del carbonero desaparecido. Entonces se sobresalta, se horroriza, corre a ocultarse en su casa y sus piernas se doblan y apenas pueden sostenerla en pie.

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La mirada del pobre
 

un cuento de

Joaquim Ruyra

Aprisa, muy aprisa subía un día por la Rambla con un amigo. Los dos nos habíamos acalorado, gesticulábamos sin cesar, gritábamos de lo lindo. Nos habíamos enzarzado en una disputa sobre un punto científico; uno y otro quería llevar razón a todo trance. Creo que llegamos aun al insulto; yo… dicho sea en honor de la verdad… más de una vez sentí la tentación de acabar la contienda a puñetazo limpio.

En lo más vivo de nuestro arrebato, al doblar una esquina, noto que me tiran de la americana. Vuelvo la cara… y veo a un pobre cubierto de mugre, harapiento, que me sujetaba fuertemente y me tendía una mano. ¡Bonita ocasión para atenderle!

-Otro día será, hermano… que Dios le asista.

Pero el pobre no me soltaba. Era un mozo de cara atontada, barbilampiño, con el cuello surcado de tumores y la cara abotargada y amarillenta, muy amarilla, de un matiz brillante como la grasa de gallina.

-Por amor de Dios… por amor de Dios -iba diciendo.

-Váyase con mil diablos… -exclamé fuera de mí, y de un tirón desasime de él.

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El pobre quedó entonces inmóvil como una estatua, con la mano todavía tendida, dirigiéndome una mirada llena de desolación y lágrimas.

Volví la espalda, y continué la discusión con mi amigo, pero ya sin arrestos, sintiendo un peso en el corazón que me quitaba todo prurito de locuacidad. La mirada del pobrecillo permanecía grabada en lo más hondo de mi imaginación. ¡Y era la mirada tan dolorosa, tan desamparada! Si el mendigo se hubiese enojado, y hubiese prorrumpido en unas desvergüenzas, inmediatamente olvidara yo la escena; pero nada de eso, el desdichado no manifestó la cólera más leve, ni sus ojos habían expresado la menor reprimenda; sólo revelaron una gran amargura, una larga desolación.

Ya en casa, cogí un libro para distraerme, y empecé a hojearlo con mano temblorosa. Quise leer algo, pero tan excitado me hallaba que no pude fijar la atención. Experimentaba descontento de mí mismo, y ello me daba desazones.

De pronto sentí un peso que me ahogaba; me invadió el rostro un sudor de síncope, y grandes manchas negras mariposearon entre mis ojos y las páginas del libro. Entonces, suspirando, levanté la mirada, que, dirigida al azar, fue a detenerse en un hermoso Cristo agonizante, de gran tamaño, que figura en mi estancia. Y entre las manchas negras que flotaban todavía ante mis ojos, la imagen piadosa se me apareció como un hombre de carne y hueso, vivo, palpitante, agobiado por un padecimiento destructor. Creí que sus músculos se encogían dolorosamente, que su pecho se levantaba jadeante, que el aliento estremecía la azulada nariz, los labios amoratados. Un hilo de sangre manaba de sus manos destrozadas por gruesos clavos; y ellos más y más desgarraban las heridas a cada nueva convulsión del cuerpo agonizante… Lo vi todo en un momento, y noté a la vez que la imagen me dirigía una mirada prolongada, llena de desolación y lágrimas… la propia mirada del mendigo, del hermano a quien rechacé.

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Esta alucinación, que juzgué providencial, acrecentó mi pena. No hallaba reposo en parte alguna… Salí de mi casa, y fui en derechura a la calle donde el pobre me detuvo. Necesitaba que me perdonara. Si yo podía socorrerle y borrar con una palabra de amor el daño que le había ocasionado mi brutalidad, mi alma se libraría de una congoja acerba.

Pero le busqué en vano… No estaba ya en aquella vía ni en las inmediatas. Pregunté por él; nadie pudo informarme. Yo fui entonces el menesteroso, y me sentí desamparado y triste.

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Las damiselas del mar
 

un cuento de

Joaquim Ruyra

Seis muchachos de camiseta azul, sórdidos, astrosos, quedaron sentados en el peñascal; sus piernas desnudas cuelgan sobre el mar que con frecuencia se ahueca y les baña los pies. Cada cual posee su caña y su montón de gusanillos roqueros, el manjar que los peces reputan más sabroso.

La pesca les ocupa trece horas, y unánimes levantan gritería de vencedores cada vez que uno arranca al mar algún serrano boquiabierto que esparrama en el aire el varillaje reluciente de sus membranas espinosas.

El crepúsculo vesperal amortigua lentamente el esplendor de sus humaredas violáceas. Unas estrellas empiezan a centellear en el aire azul. Una bandada de cuervos atraviesa el espacio y va a perderse en la montaña, entre las paredes tenebrosas y destartaladas de un viejo castillo.

Más de un muchacho, cansado de vigilar incesantemente los avíos de pescar que balancean al ritmo de las olas, se ha adormilado. Caen las cabezas sobre el pecho. Los dedos se aflojan y a duras penas sostienen las cañas, que abaten sus copetes al nivel del agua.

-Ya no pican -dice uno malhumorado.

-¡Concho, y está eso obscuro! -exclama otro, surcando el cielo con los ojos.

-¿Me van a creer? Lo mejor será echar un sueñecito hasta que la luna se levante.

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Todo el mundo está conforme. Se ponen en hilera, muy prietos, pasan los brazos sobre las espaldas y los cogotes de los compañeros, y se adormecen tranquilamente al raso, repantigados en una roca.

La noche se obscurece más y más. La luna amarillea en su oriente; una faja de bruma cenicienta divide su esfera. El mar canta a los chicos una canción de cuna, atenuando su bronca voz.

De pronto, suena algo así como un galope sordo y espeso… tras, tras, tras… y van apareciendo las Damiselas del Mar, montando unos bermejos langostines, otras montando enormes cangrejos viejísimos, revestidos de musgo marino.

Ríen todas espoleando con una estalactita las junturas sensibles de sus desusadas cabalgaduras, que ascienden por las vertientes resbaladizas de la roca. Ríen todas, holgándose en el aire puro y sacudiendo el rocío de cabelleras y sus velos aguanosos.

Son blancas como la carne pálida del pez. En sus cabellos finísimos juegan tonalidades irisadas; brillan en sus cabezas peines de escama; sus mantos son verdes, son largos, largos, arrastradizos; por ojos, tienen gotitas de luz como las que a veces produce en el agua el roce de los remos. A su paso desprenden agradablemente un olor a marisco.

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Apenas han notado la presencia de los seis pescadores novicios, descabalgan, se acercan a ellos, y se encaraman, agarrándose a sus piernas.

Una damisela se sienta pensativa en el resalto formado por el labio de un muchacho dormido. Otra se cuelga a las pestañas de otro muchacho, y mira curiosamente por la hendidura de los párpados, afanosa de atisbarle el ojo. Aquella contempla voluptuosamente el paisaje desde lo alto de la coronilla del más gallardo de la banda. La de más allá se atiene al más regordete y se sirve de su aliento suave y temperado para calentar las manos diminutas. Algunas se arraciman sobre una misma cabeza. Las hay que chocan sobresaltadas en la eminencia de un hombro, al cual subieron por lados opuestos. No se oye nunca el más tenue sonido.

Finalmente, todas van a murmurar palabras misteriosas al oído de los durmientes.

Les hablan de la poesía del mar, del exquisito jugueteo de las ondas, de sus bellos colores que se truecan sin cesar; les hablan de los peces y de las hierbas donde pacen; de las tempestades, de la serenidad, de los encantos de un viaje sin fin, de la sublimidad de los elementos desaforados… de algo que nuestras palabras no pueden expresar. Y los pescadores sueñan, sueñan todo lo que las pequeñas hadas les inspiran en voz baja.

Al despertar, ya las Damiselas marinas han desaparecido, y no se oye más que el trote de sus donosas cabalgaduras que corren a sumergirse en el agua.

Pero el encanto se ha realizado. Ya ni tempestades ni angustias de ningún linaje podrán extinguir en el corazón de los muchachos el amor a la vida marinera. Denles el bienestar en la montaña y los verán agobiados sin remisión por añoranzas y melancolías.

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La pavura
 

un cuento de

Joaquim Ruyra

De camino para una masía* de la Selva, donde me aguardaban los míos, hube de retrasarme por motivos que no es preciso narrar. El sol caía bastante bajo cuando llegué al molino del Olmo, que distaba aún tres horas del término de mi viaje; mas a pesar de que no andaba sobrado de tiempo, hube de detenerme a beber, y me senté en una piedra, junto al río, a descansar un instante, fumando un cigarrillo.

El molino del Olmo no trabaja desde hace muchos años. Es un caserón inhabitado, o mejor una ruina inhabitable, porque buena parte de las paredes se ha convertido en escombros, y los tejados y techos no se mantienen más que a pedazos. Crecen en el interior espontáneos arbustos, y la viña salvaje asoma sus pámpanos a la ventana. La presa, reblandecida y usada, deja escapar desdeñosamente las aguas murmuradoras. La ancha turbina se pudre inmóvil sobre la acequia enjuta; las arañas la cubren de telas sutiles, y los bardales de las márgenes la llenan de briznas y hojarasca. Cuando uno recuerda que en otros tiempos esta rueda movía una complicada maquinaria, e imagina el ronco son de las muelas, correas y engranajes, el tráfago de los molineros, las teorías de carros que henchían los patios, la música de los cascabeles, el chasquido de las zurriagas y los gritos de los carreteros que animaban todo el valle, no puede menos de lamentar la ruina y el silencio presentes. Ahora estos parajes permanecen desiertos y silvestres. Crece la hierba en los caminos; ha desaparecido el surco de los carros. Nadie transita de ordinario por estos senderos. El sol mira hacia acá días y días y meses sin descubrir figura humana, y desaparece al morir la tarde en medio de un silencio mortal.

* masía = voz catalana, casa de campo aislada adscrita a una finca rústica de carácter agrícola y ganadero

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Poco tiempo concedí al reposo. Quería aprovechar en lo posible para mi ruta la luz del día que empezaba ya a tomar tonos purpúreos. Penetré, pues, en la selva, avanzando rápidamente, mas no tardé en comprender que me afanaba en vano; dentro de poco la noche me alcanzaría en pleno bosque. El sol se había puesto ya, de seguro. A pesar del altísimo alisar que me impedía la vista del poniente, las vislumbres que, filtrándose por los claros del follaje, manchaban el bosque, denotaban suficientemente con su débil color la decadencia de la hoguera de donde procedían. Habían perdido su esplendor dorado, se enrojecían, parpadeaban, no podían durar. Extendiose a lo mejor una racha de sombra y se apagaron doquiera.

-Adiós, bondadosa mirada del crepúsculo; abandonome tu dulce compañía.

Con todo, me equivocaba. La muriente llama diurna reavivose aún, y sus reflejos volvieron a esparramarse por la sierra; y pálidos, violáceos, ondulando como humaredas de luz vagaron de una parte a otra y se extinguieron, y reaparecieron, y volvieron a extinguirse una porción de veces, de tal suerte que no perdí la confianza de verlos de nuevo hasta que hubo transcurrido un largo espacio en que los aguardara vanamente. Comprendí al fin que no volverían y entonces se me oprimió el corazón. Faltábanme todavía dos horas de marcha por unas tierras enteramente deshabitadas.

Cuando atravesé el puente de la Comadreja, un puente estrechísimo y de un solo arco, tan simple que parece el hueso de una costilla gigantesca, había cerrado la noche. ¿A qué negarlo? Tuve miedo. Pero… ¿de qué? ¿De ladrones? Ni soñarlo. ¿De despeñarme? Sabía muy bien que no bordeaba mi ruta ningún abismo.

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-Bah, bah, pavura* lisa y llana -murmuré- un miedo inmotivado, propio de mujeres y chiquillos. Hay que despreciarlo. Filosofía, y adelante.

Pero la filosofía que me impelía a avanzar, nada conseguía en orden a mi zozobra.

Un acompasado flautear de sapos, que sonó allá a lo lejos, en una hondonada, me infundió más decisión que los mejores razonamientos. Concentré toda mi atención en aquella monótona cantinela, y al oírla me parecía que no estaba completamente solo. Tenía la percepción de unos seres que se movían y permanecían unidos conmigo para el cumplimiento de una obra vital, y conmigo se comunicaban por medio de la voz. No dejaban de acompañarme.

Una lucecita que surgió más tarde en medio de la masa informe de una montaña, contribuyó también a consolarme. Allí había un hogar y una familia. En mi imaginación vi a la masovera* cerniendo harina al fulgor de aquella lucecilla, a los chicos disponiendo la nocturna ración de los establos, y a los jornaleros apoyando los codos en la mesa, sobre los manteles, y aguardando la hora de cenar. La buena gente dejó la ventana abierta sin tener idea de la caridad que le hacían al caminante con sólo dejarle ver el punto donde moraban. No estaba todo desierto, no. Ya sentía la sociedad de aquella gente lejana; no me atrevía a dudar de su existencia.

Esparciendo de esa suerte la imaginación, recorrí buen trecho de camino con cierto denuedo; pero al perder de vista la lucecilla, y cuando al entrar en una nueva accidentación del camino, dejé de oír el flautear de los sapos, y un silencio perceptible, que aterraba, vibró a mi alrededor en la inmensidad, me pareció que la noche se me arrojaba encima.

* pavura = pavor, temor, miedo

* masovero = en Cataluña, labrador que cultiva la tierra con un contrato de masovería.

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Me detuve azorado, presa de un malestar semejante al que a veces experimentamos cuando alguien se nos acerca cautelosamente por detrás. Quería volverme y no me atrevía. Al cabo pude lograrlo, y pasó por mi piel una vaharada fría, espantosa. Pero nada vi… ante mis ojos no había más que la selva, las hondonadas, la oscuridad.

Caminé de nuevo, y hube de detenerme nuevamente a los pocos pasos. No podía sustraerme a la impresión de que alguien me seguía y me escrutaba. Palpitando de emoción volví a mirar, a escuchar… El silencio era absoluto. Sólo el ritmo de un menguado aliento se atrevía a profanarlo. La noche era augusta, diáfana; un abismo azulado, inmenso, salpicado de estrellas que indicaban confusas lejanías en el piélago interminable. Y abajo, la tierra desapoderada de luz, permanecía muda, en santo silencio, como recogiendo con místico respeto, las irradiaciones de lo infinito… Esto es lo que percibían ojos y oídos… Pero además… ¿Cómo explicaré aquella honda sensación estremecedora que me perseguía? No sabría comparar mi estado, lo repito, sino con el de una persona que se siente molestada hasta lo insufrible por la insistente mirada de otra que la espía en silencio con los ojos fijos. Sí, la tensión de mi espíritu llagaba a lo insostenible. No pude contenerme más. Con la sangre helada en las venas, caí de rodillas.

-¡Oh, Infinito, oh Ignoto, oh Santo, yo te adoro! ¡Protégeme, ampárame! -exclamé con un grito involuntario que resonó espontáneamente en mi corazón. Y seguí rezando, aplastado contra el suelo, rezando con desvarío, encogido, tembloroso, hasta que obtuve la emoción, y el llanto y el consuelo.

Por fin me levanté reconfortado, impregnado de una religiosa suavidad. La pavura no me había abandonado totalmente, pero me era soportable. Con aire modesto y párpados humillados continué mi marcha por senderos solitarios, murmurando plegarias a media voz; de esta suerte pude llegar a la masía.

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Allí me aguardaban la familia amante y el encendido hogar. Todo el mundo estaba ya inquieto por mi causa. Me dirigieron algunas palabras, a las que di la única respuesta. Y creí que nadie puso atención a cuanto respondía. Sería tal vez que cuanto dije era cosa de vago interés, y que los ojos de todos descubrían en mi rostro algo solemne e indescifrable que fijaba la atención más que mis palabras. ¿Qué suerte de honesta vergüenza o de poquedad espiritual me obligó a callar el lance más importante de mi jornada? Lo ignoro. Lo cierto es que rehuí conversaciones, me senté en el banco del hogar, alegando cansancio y me sumergí en la meditación.

Jamás como aquella noche había conocido la pavura, ese miedo de lo infinito, de lo ignorado, ese inmenso padecimiento que todos han experimentado alguna vez y que nunca fue estudiado con la debida serenidad. ¿De qué depende la pavura? ¿Acaso la soledad, la inmensidad y la tiniebla ejercen por sí solas una influencia maligna sobre las facultades humanas, desordenándolas en un aura de locura? ¿O acaso en aquellas circunstancias se aviva en nosotros una facultad cegada casi en todo momento por groseras sensaciones, un sentido íntimo que nos capacita para recibir la sugestión de poderes suprasensibles que nos perturban y estremecen? Oh, Dios mío, ¿cómo dudar de este profundo sentido con que he llegado casi al tacto de vuestro ser, santamente aterrorizado en medio de la oquedad nocturna? Es un sentido balbuciente, oscuro; parece incipiente, y, sin otras luces que tengo recibidas, hubiera podido conducirme a algo detestable, como a tantos pueblos que quizás no tuvieron en religión más institutor que la pavura; pero, aunque balbuciente y oscuro todo lo que se quiera, es preciso reconocerlo: existe.

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