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I.- Comentario a lo pasado

A los pocos días de llegar a Madrid, Andrés se encontró con la sorpresa desagradable de que se iba a declarar la guerra a los Estados Unidos. Había alborotos, manifestaciones en las calles, música patriótica a todo pasto. Andrés no había seguido en los periódicos aquella cuestión de las guerras coloniales; no sabía a punto fijo de qué se trataba. Su único criterio era el de la criada vieja de la Dorotea, que solía cantar a voz en grito mientras lavaba, esta canción:

Parece mentira que por unos mulatos

Estemos pasando tan malitos ratos.

A Cuba se llevan la flor de la España

Y aquí no se queda más que la morralla.

Todas las opiniones de Andrés acerca de la guerra estaban condensadas en este cantar de la vieja criada. Al ver el cariz que tomaba el asunto y la intervención de los Estados Unidos, Andrés quedó asombrado. En todas partes no se hablaba más que de la posibilidad del éxito o del fracaso. El padre de Hurtado creía en la victoria española; pero en una victoria sin esfuerzo; los yanquis, que eran todos vendedores de tocino, al ver a los primeros soldados españoles, dejarían las armas y echarían a correr. El hermano de Andrés, Pedro, hacía vida de “sportman” y no le preocupaba la guerra; a Alejandro le pasaba lo mismo; Margarita seguía en Valencia.

Andrés encontró un empleo en una consulta de enfermedades del estómago, sustituyendo a un médico que había ido al extranjero por tres meses. Por la tarde Andrés iba a la consulta, estaba allí hasta el anochecer, luego marchaba a cenar a casa y por la noche salía en busca de noticias. Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid. Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las proporciones bufo-grandilocuentes del manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París; pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.

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Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa. Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había alguna razón para los optimismos. Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.

—¿Qué le parece a usted esto? —le preguntó.

—Estamos perdidos.

—¿Pero si dicen que estamos preparados?

—Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino, que los españoles consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas que nos están diciendo los periódicos.

—Hombre, yo no veo eso.

—Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras. Tú, fíjate; nosotros tenemos en Santiago de Cuba seis barcos viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros, en conjunto, desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio dónde apuntar.

—¿De manera que usted cree que vamos a la derrota?

—No a la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede salvarse será una gran cosa.

Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse; pero pronto los acontecimientos le dieron la razón.

El desastre había sido como decía él; una cacería, una cosa ridícula. A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia. Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no; después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada.

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Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fue a casa de Iturrioz; hubo discusión entre ellos.

—Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las colonias —dijo su tío—, y hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el pueblo?

—Bastante mal.

—¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?

—No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente, he tenido poco éxito.

—Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.

Andrés contó sus impresiones en Alcolea. Iturrioz le escuchó atentamente.

—¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado el medio?

—Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido fénico.

—¿Y esos manchegos son buena gente?

—Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible.

—Pero esa moral, ¿no será la defensa de la raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?

—Es muy posible; pero si es así, ellos no se dan cuenta de este motivo.

—Ah, claro. ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente con conciencia? ¿En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas partes el hombre en su estado natural es un canalla, idiota y egoísta. Si ahí en Alcolea es una buena persona, hay que decir que los alcoleanos son gente superior.

—No digo que no. Los pueblos como Alcolea están perdidos porque el egoísmo y el dinero no está repartido equitativamente; no lo tienen más que unos cuantos ricos; en cambio entre los pobres no hay sentido individual. El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga: no transijo, ese día el pueblo marchará hacia adelante.

—Claro; pero para ser egoísta hay que saber; para protestar hay que discurrir. Yo creo que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, el barco, todo.

—Estamos conformes. Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada que ganar con la maquinaria social que, a cambio de cogerle al hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria y hambre para la vejez, y que aun así la defienden.

—Eso tiene una gran importancia individual, pero no social. Todavía no ha habido una sociedad que haya intentado un sistema de justicia distributiva, y, a pesar de eso, el mundo, no digamos que marcha, pero al menos se arrastra y las mujeres siguen dispuestas a tener hijos.

—Es imbécil.

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—Amigo, es que la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreros; se encierra a la larva en un alveolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre.

—Me indigna todo esto —exclamó Andrés.

—Hace unos años —siguió diciendo Iturrioz— me encontraba yo en la isla de Cuba en un ingenio donde estaban haciendo la zafra. Varios chinos y negros llevaban la caña en manojos a una máquina con grandes cilindros que la trituraba. Contemplábamos el funcionamiento del aparato, cuando de pronto vemos a uno de los chinos que lucha arrastrado. El capataz blanco grita para que paren la máquina. El maquinista no atiende a la orden y el chino desaparece e inmediatamente sale convertido en una sábana de sangre y de huesos machacados. Los blancos que presenciábamos la escena nos quedamos consternados; en cambio los chinos y los negros se reían. Tenían espíritu de esclavos.

—Es desagradable.

—Sí, como quieras; pero son los hechos y hay que aceptarlos y acomodarse a ellos. Otra cosa es una simpleza. Intentar andar entre los hombres, en ser superior, como tú has querido hacer en Alcolea, es absurdo.

—Yo no he intentado presentarme como ser superior —replicó Andrés con viveza—. Yo he ido en hombre independiente. A tanto trabajo, tanto sueldo. Hago lo que me encargan, me pagan, y ya está.

—Eso no es posible; cada hombre no es una estrella con su órbita independiente.

—Yo creo que el que quiere serlo lo es.

—Tendrá que sufrir las consecuencias.

—¡Ah, claro! Yo estoy dispuesto a sufrirlas. El que no tiene dinero paga su libertad con su cuerpo; es una onza de carne que hay que dar, que lo mismo le pueden sacar a uno del brazo que del corazón. El hombre de verdad busca antes que nada su independencia; se necesita ser un pobre diablo o tener alma de perro para encontrar mala la libertad. ¿Que no es posible? ¿Que el hombre no puede ser independiente como una estrella de otra? A esto no se puede decir más sino que es verdad, desgraciadamente.

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—Veo que vienes lírico del pueblo.

—Será la influencia de las migas.

—O del vino manchego.

—No; no lo he probado.

—¿Y querías que tuvieran simpatía por ti y despreciabas el producto mejor del pueblo? Bueno, ¿qué piensas hacer?

—Ver si encuentro algún sitio donde trabajar.

—¿En Madrid?

—Sí, en Madrid.

—¿Otra experiencia?

—Eso es, otra experiencia.

—Bueno, vamos ahora a la azotea.

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II.- Los amigos

A principio de otoño, Andrés quedó sin nada que hacer. Don Pedro se había encargado de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraban algún destino para su hijo.
Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo, se encontró con Montaner.
—Chico, ¡cuánto tiempo! —exclamó el antiguo condiscípulo, acercándosele.
—Sí, ya hace algunos años que no nos hemos visto.
Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá, y al llegar a la esquina de la de Peligros, Montaner insistió para que entraran en el café de Fornos.
—Bueno, vamos —dijo Andrés.
Era sábado y había gran entrada; las mesas estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el ámbito de la sala. Montaner tomó ávidamente el chocolate que le trajeron, y después le preguntó a Andrés:
—¿Y tú, qué haces?
—Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú? ¿Concluiste la carrera?
—Sí, hace un año. No podía acabarla, por aquella chica que era mi novia. Me pasaba el día entero hablando con ella; pero los padres de la chica se la llevaron a Santander y la casaron allí. Yo entonces fui a Salamanca, y he estado hasta concluir la carrera.
—¿De manera que te ha convenido que casaran a la novia?
—En parte, sí. ¡Aunque para lo que me sirve el ser médico!
—¿No encuentras trabajo?
—Nada. He estado con Julio Aracil.
—¿Con Julio?
—Sí.
—¿De qué?
—De ayudante.
—¿Ya necesita ayudantes Julio?
—Sí; ahora ha puesto una clínica. El año pasado me prometió protegerme. Tenía una plaza en el ferrocarril, y me dijo que cuando no la necesitara me la cedería a mí.
—¿Y no te la ha cedido?
—No; la verdad es que todo es poco para sostener su casa.
—¿Pues qué hace? ¿Gasta mucho?
—Sí.
—Antes era muy roñoso.
—Y sigue siéndolo.
—¿No avanza?
—Como médico poco, pero tiene recursos: el ferrocarril, unos conventos que visita; es también accionista de “La Esperanza”, una sociedad de ésas, de médico, botica y entierro; y tiene participación en una funeraria.
—¿De manera que se dedica a la explotación de la caridad?
—Sí; ahora, además, como te decía, tiene una clínica que ha puesto con dinero del suegro. Yo he estado ayudándole; la verdad es que me ha cogido de primo; durante más de un mes he hecho de albañil, de carpintero, de mozo de cuerda y hasta de niñera; luego me he pasado en la consulta asistiendo a pobres, y ahora que la cosa empieza a marchar, me dice Julio que tiene que asociarse con un muchacho valenciano que se llama Nebot, que le ha ofrecido dinero, y que cuando me necesite me llamará.

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—En resumen, que te ha echado.

—Lo que tú dices.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a buscar un empleo cualquiera.

—¿De médico?

—De médico o de no médico. Me es igual.

—¿No quieres ir a un pueblo?

—No, no; eso nunca. Yo no salgo de Madrid.

—Y los demás, ¿qué han hecho? —preguntó Andrés—. ¿Dónde está aquel Lamela?

—En Galicia. Creo que no ejerce, pero vive bien. De Cañizo no sé si te acordarás...

—No.

—Uno que perdió curso en anatomía.

—No, no me acuerdo.

—Si lo vieras, te acordarías en seguida —repuso Montaner—. Pues este Cañizo es un hombre feliz; tiene un periódico de carnicería. Creo que es muy glotón, y el otro día me decía: "Chico, estoy muy contento; los carniceros me regalan lomo, me regalan filetes... Mi mujer me trata bien; me da langosta algunos domingos".

—¡Qué animal!

—De Ortega sí te acordarás.

—¿Uno bajito, rubio?

—Sí.

—Me acuerdo.

—Ése estuvo de médico militar en Cuba, y se acostumbró a beber de una manera terrible. Alguna vez le he visto y me ha dicho: "Mi ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato".

—De manera que nadie ha marchado bien de nuestros condiscípulos.

—Nadie o casi nadie, quitando a Cañizo con su periódico de carnicería, y con su mujer que los domingos le da langosta.

—Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha crónica, la misma vida sin vida, todo igual.

—Sí; esto es un pantano —murmuró Montaner.

—Más que un pantano es un campo de ceniza. ¿Y Julio Aracil, vive bien?

—Hombre, según lo que se entienda por vivir bien.

—Su mujer, ¿cómo es?

—Es una muchacha vistosa, pero él la está prostituyendo.

—¿Por qué?

—Porque la va dando un aire de “cocotte”. Él hace que se ponga trajes exagerados, la lleva a todas partes; yo creo que él mismo la ha aconsejado que se pinte. Y ahora prepara el golpe final. Va a llevar a ese Nebot, que es un muchacho rico, a vivir a su casa y va a ampliar la clínica. Yo creo que lo que anda buscando es que Nebot se entienda con su mujer.

—¿De veras?

—Sí. Ha mandado poner el cuarto de Nebot en el mejor sitio de la casa, cerca de la alcoba de su mujer.

—Demonio. ¿Es que no la quiere?

—Julio no quiere a nadie, se casó con ella por su dinero. Él tiene una querida que es una señora rica, ya vieja.

—¿De manera que en el fondo, marcha?

—¡Qué sé yo! Lo mismo puede hundirse que hacerse rico.

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Era ya muy tarde y Montaner y Andrés salieron del café y cada cual se fue a su casa.

A los pocos días Andrés encontró a Julio Aracil que entraba en un coche.

—¿Quieres dar una vuelta conmigo? —le dijo Julio—. Voy al final del barrio de Salamanca, a hacer una visita.

—Bueno.

Entraron los dos en el coche.

—El otro día vi a Montaner —le dijo Andrés.

—¿Te hablaría mal de mí? Claro. Entre amigos es indispensable.

—Sí parece que no está muy contento de ti.

—No me choca. La gente tiene una idea estúpida de las cosas —dijo Aracil con voz colérica—. No quisiera más que tratar con egoístas absolutos, completos, no con gente sentimental que le dice a uno con las lágrimas en los ojos: Toma este pedazo de pan duro, al que no le puedo hincar el diente, y a cambio convídame a cenar todos los días en el mejor hotel.

Andrés se echó a reír.

—La familia de mi mujer es también de las que tienen una idea imbécil de la vida

—siguió diciendo Aracil—. Constantemente me están poniendo obstáculos.

—¿Por qué? —Nada. Ahora se les ocurre decir que el socio que tengo en la clínica, le hace el amor a mi mujer y que no le debo tener en casa. Es ridículo. ¿Es que voy a ser un Otelo? No; yo le dejo en libertad a mi mujer. Concha no me ha de engañar. Yo tengo confianza en ella.

—Haces bien.

—No sé qué idea tienen de las cosas —siguió diciendo Julio— estas gentes chapadas a la antigua, como dicen ellos. Porque yo comprendo un hombre como tú que es un puritano. ¡Pero ellos! Que me presentara yo mañana y dijera: Estas visitas, que he hecho a don Fulano o a doña Zutana, no las he querido cobrar porque, la verdad, no he estado acertado... ¡toda la familia me pondría de imbécil hasta las narices!

—¡Ah! No tiene duda.

—Y si es así, ¿a qué se vienen con esas moralidades ridículas?

—¿Y qué te pasa para necesitar socio? ¿Gastas mucho?

—Mucho; pero todo el gasto que llevo es indispensable. Es la vida de hoy que lo exige. La mujer tiene que estar bien, ir a la moda, tener trajes, joyas... Se necesita dinero, mucho dinero para la casa, para la comida, para la modista, para el sastre, para el teatro, para el coche; yo busco como puedo ese dinero.

—¿Y no te convendría limitarte un poco? —le preguntó Andrés.

—¿Para qué? ¿Para vivir cuando sea viejo? No, no; ahora mejor que nunca. Ahora que es uno joven.

—Es una filosofía; no me parece mal, pero vas a inmoralizar tu casa.

—A mí la moralidad no me preocupa —replicó Julio—. Aquí, en confianza, te diré que una mujer honrada me parece uno de los productos más estúpidos y más amargos de la vida.

—Tiene gracia.

—Sí, una mujer que no sea algo coqueta no me gusta. Me parece bien que gaste, que se adorne, que se luzca. Un marqués, cliente mío, suele decir: Una mujer elegante debía tener más de un marido. Al oírle todo el mundo se ríe.

—¿Y por qué?

—Porque su mujer, como marido no tiene más que uno; pero, en cambio, amantes tiene tres.

—¿A la vez?

—Sí, a la vez; es una señora muy liberal.

—Muy liberal y muy conservadora, si los amantes le ayudan a vivir.

—Tienes razón, se le puede llamar liberal-conservadora.

Llegaron a la casa del cliente.

—¿Adónde quieres ir tú? —le preguntó Julio.

—A cualquier lado. No tengo nada que hacer.

— ¿Quieres que te dejen en la Cibeles?

—Bueno.

—Vaya usted a la Cibeles y vuelva —le dijo Julio al cochero.

Se despidieron los dos antiguos condiscípulos y Andrés pensó que por mucho que subiera su compañero no era cosa de envidiarle.

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III.- Fermín Ibarra

Unos días después, Hurtado se encontró en la calle con Fermín Ibarra. Fermín estaba desconocido; alto, fuerte, ya no necesitaba bastón para andar.

—Un día de éstos me voy —le dijo Fermín.

—¿A dónde?

—Por ahora, a Bélgica; luego, ya veré. No pienso estar aquí; probablemente no volveré.

—¿No?

—No. Aquí no se puede hacer nada; tengo dos o tres patentes de cosas pensadas por mí, que creo que están bien; en Bélgica me las iban a comprar, pero yo he querido hacer primero una prueba en España, y me voy desalentado, descorazonado; aquí no se puede hacer nada.

—Eso no me choca —dijo Andrés—, aquí no hay ambiente para lo que tú haces.

—Ah, claro —repuso Ibarra—. Una invención supone la recapitulación, la síntesis de las fases de un descubrimiento; una invención es muchas veces una consecuencia tan fácil de los hechos anteriores, que casi se puede decir que se desprende ella sola sin esfuerzo. ¿Dónde se va a estudiar en España el proceso evolutivo de un descubrimiento?

¿Con qué medios? ¿En qué talleres? ¿En qué laboratorios?

—En ninguna parte.

—Pero en fin, a mí esto no me indigna —añadió Fermín—, lo que me indigna es la suspicacia, la mala intención, la petulancia de esta gente... Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos hasta Cádiz...; políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado.

—Sí, es verdad.

—Cuando estoy fuera de España —siguió diciendo Ibarra— quiero convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización; que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me da asco; no habla más que de políticos y de toreros. Es una vergüenza.

Fermín Ibarra contó sus gestiones en Madrid, en Barcelona, en Bilbao. Había millonarios que le habían dicho que él no podía exponer dinero sin base; que después de hechas las pruebas con éxito, no tendría inconveniente en dar dinero al cincuenta por ciento.

—El capital español está en manos de la canalla más abyecta —concluyó diciendo Fermín. Unos meses después, Ibarra le escribía desde Bélgica, diciendo que le habían hecho jefe de un taller y que sus empresas iban adelante.

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IV.- Encuentro con Lulú

Un amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había prometido encontrar un destino para Andrés. Este señor vivía en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrés en su casa, y siempre le decía que no había nada; un día le dijo:
—Lo único que podemos darle a usted es una plaza de médico de higiene que va a haber vacante. Diga usted si le conviene y, si le conviene, le tendremos en cuenta.
—Me conviene.
—Pues ya le avisaré a tiempo.
Este día, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha esquina a la del Pez, Andrés Hurtado se encontró con Lulú. Estaba igual que antes; no había variado nada. Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.
—Tenemos mucho que hablar —le dijo Lulú—; yo me estaría charlando con gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo solemos ir los sábados al café de la Luna. ¿Quiere usted ir por allá?
—Sí, iré.
—Vaya usted mañana que es sábado. De nueve y media a diez. No falte usted, ¿eh?
—No, no faltaré.
Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban doña Leonarda y Lulú en compañía de un señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, que le recibió secamente, y se sentó en una silla lejos de Lulú.
—Siéntese usted aquí —dijo ella haciéndole sitio en el diván.
Se sentó Andrés cerca de la muchacha.
—Me alegro mucho que haya usted venido —dijo Lulú—; tenía miedo de que no quisiera usted venir.
—¿Por qué no había de venir?
—¡Como es usted tan así!
—Lo que no comprendo es por qué han elegido ustedes este café. ¿O es que ya no viven allí en la calle del Fúcar?
—¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la vida de plano?
—¿Quién?
—Julio.
—¿De veras?
—Sí.
—Ya ve usted cómo no es tan mala persona como usted decía.
—Oh, igual; lo mismo que yo creía o peor. Ya se lo contaré a usted. ¿Y usted qué ha hecho? ¿Cómo ha vivido?
Andrés contó rápidamente su vida y sus luchas en Alcolea.
—¡Oh! ¡Qué hombre más imposible es usted! —exclamó Lulú—. ¡Qué lobo!
El señor de los anteojos, que estaba de conversación con doña Leonarda, al ver que Lulú no dejaba un momento de hablar con Andrés, se levantó y se fue.
—Lo que es si a usted le importa algo por Lulú, puede usted estar satisfecho —dijo doña Leonarda con tono desdeñoso y agrio.
—¿Por qué lo dice usted? —preguntó Andrés.
—Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente raro. Y la verdad, no sé por qué.
—Yo tampoco sé que a las personas se les tenga cariño por algo —replicó Lulú vivamente—; se las quiere o no se las quiere; nada más.

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Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.

—Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio —dijo ella en voz baja—. Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría con Niní. Efectivamente, cuando concluyó la carrera comenzó a huir el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.

—¿Así, sin ambages?

—Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre. Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres que le advierta? —me preguntó él—. Pues nada; que no te casas con Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.

—Se quedaría atónito —exclamó Andrés—, porque él pensaba que el día que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.

—Se quedó helado, en el mayor asombro. Bueno, bueno —dijo—, iré a verle y se lo diré. Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente, unos días después, vino don Prudencio en actitud diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, yo ya no creo en las mujeres.

—Esa declaración tiene gracia —dijo Andrés.

—Es verdad —replicó Lulú—, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días don Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fue a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí...

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—Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.

—Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda don Prudencio me preguntó: —¿Tú qué quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre?— Yo le dije:Casarme no me he de casar; estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de confecciones de ropa blanca y seguir trabajando. —Pues nada, lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.

—¿Y la tiene usted?

—Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por esas tonterías de que si mi padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive como puede. ¿No es verdad?

—Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!

Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. Ella había localizado su vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de la casa.

—¿Se acuerda usted de aquel don Cleto el viejecito? —le preguntó Lulú.

—Sí; ¿qué hizo?

—Murió el pobre..., me dio una pena.

—¿Y de qué murió?

—De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía: —No, si no tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de debilidad nada más— y se estaba muriendo.

A la una y media de la noche doña Leonarda y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó hasta la calle del Pez.

—¿Vendrá usted por aquí? —le dijo Lulú.

—Sí; ¡ya lo creo!

—Algunas veces suele venir Julio también.

—¿No le tiene usted odio?

—¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, pero me divierte, me parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una copa de cristal.

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V.- Médico de higiene

A los pocos días de recibir el nombramiento de médico de higiene y de comenzar a desempeñar el cargo, Andrés comprendió que no era para él. Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener simpatía por el pobre.

—¡Yo que siento este desprecio por la sociedad —se decía a sí mismo—, teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que me alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a doscientos hijos de familia! Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte también para que el que se lo había dado no le considerara como un fatuo. El tener que vivir en este ambiente le hacía daño. Ya no había en su vida nada sonriente, nada amable; se encontraba como un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los dos polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y un sentimiento de depresión y de tristeza. La irritación le hacía ser en sus palabras violento y brutal. Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro le decía:

—¿Estás enferma?

—Sí.

—¿Tú qué quieres, ir al hospital o quedarte libre?

—Yo prefiero quedarme libre.

—Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado. En ocasiones, al ver estas busconas que venían escoltadas por algún guardia, riendo, las increpaba:

—No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos viviréis más tranquilas. Las mujeres le miraban con asombro. Odio, ¿por qué?, se preguntaría alguna de ellas. Como decía Iturrioz: la naturaleza era muy sabia; hacía el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud; hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la prostitución. Este triste proletariado de la vida sexual tenía su honor de cuerpo. Quizás lo tienen también en la oscuridad de lo inconsciente las abejas obreras y los pulgones, que sirven de vacas a las hormigas. De la conversación con aquellas mujeres sacaba Andrés cosas extrañas.

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Entre los dueños de las casas de lenocinio había personas decentes: un cura tenía dos, y las explotaba con una ciencia evangélica completa. ¡Qué labor más católica, más conservadora podía haber, que dirigir una casa de prostitución! Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza de toros y una casa de préstamos podía concebirse algo más perfecto.

De aquellas mujeres, las libres iban al registro, otras se sometían al reconocimiento en sus casas. Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas visitas domiciliarias. En alguna de aquellas casas de prostitución distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos, membrudos por el “sport”. Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba acerca de los mecanismos que van produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, la prostitución.

—La verdad es que si el pueblo lo comprendiese —pensaba Hurtado—, se mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que una utopía, un sueño. Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva de la gente rica que iba hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, degenerando cada vez más.

Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biológicas; el pueblo no llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de luchar, iba cayendo en el surco.

Los síntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres y mal alimentados que vivían en tabucos era ostensiblemente más pequeña que la de los muchachos ricos, de familias acomodadas que habitaban en pisos exteriores. La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.

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VI.- La tienda de confecciones

Cerca de un mes tardó Hurtado en ir a ver a Lulú, y cuando fue se encontró un poco sorprendido al entrar en la tienda. Era una tienda bastante grande, con el escaparate ancho y adornado con ropas de niño, gorritos rizados y camisas llenas de lazos.

—Al fin ha venido usted —le dijo Lulú.

—No he podido venir antes. Pero ¿toda esta tienda es de usted? —preguntó Andrés.

—Sí.

—Entonces es usted capitalista; es usted una burguesa infame. Lulú se rió satisfecha; luego enseñó a Andrés la tienda, la trastienda y la casa. Estaba todo muy bien arreglado y en orden. Lulú tenía una muchacha que despachaba y un chico para los recados. Andrés estuvo sentado un momento. Entraba bastante gente en la tienda.

—El otro día vino Julio —dijo Lulú— y hablamos mal de usted.

—¿De veras?

—Sí; y me dijo una cosa, que usted había dicho de mí, que me incomodó.

—¿Qué le dijo a usted?

—Me dijo que usted había dicho una vez, cuando era estudiante, que casarse conmigo era lo mismo que casarse con un orangután. ¿Es verdad que ha dicho usted de mí eso? ¡Conteste usted!

—No lo recuerdo; pero es muy posible.

—¿Que lo haya dicho usted?

—Sí.

—¿Y qué debía hacer yo con un hombre que paga así la estimación que yo le tengo?

—No sé.

—¡Si al menos, en vez de orangután, me hubiera usted llamado mona!

—Otra vez será. No tenga usted cuidado.

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Dos días después, Hurtado volvió a la tienda, y los sábados se reunía con Lulú y su madre en el café de la Luna. Pronto pudo comprobar que el señor de los anteojos pretendía a Lulú. Era aquel señor un farmacéutico que tenía la botica en la calle del Pez, hombre muy simpático e instruido. Andrés y él hablaron de Lulú.
—¿Qué le parece a usted esta muchacha? —le preguntó el farmacéutico.
—¿Quién? ¿Lulú?
—Sí.
—Pues es una muchacha por la que yo tengo una gran estimación —dijo Andrés.
—Yo también.
—Ahora, que me parece que no es una mujer para casarse con ella.
—¿Por qué?
—Es mi opinión; a mí me parece una mujer cerebral, sin fuerza orgánica y sin sensualidad, para quien todas las impresiones son puramente intelectuales.
—¡Qué sé yo! No estoy conforme.

Aquella misma noche Andrés pudo ver que Lulú trataba demasiado desdeñosamente al farmacéutico. Cuando se quedaron solos, Andrés le dijo a Lulú:
—Trata usted muy mal al farmacéutico. Eso no me parece digno de una mujer como usted, que tiene un fondo de justicia.
—¿Por qué?
—Porque no. Porque un hombre se enamore de usted, ¿hay motivo para que usted le desprecie? Eso es una bestialidad.
—Me da la gana de hacer bestialidades.
—Habría que desear que a usted le pasara lo mismo, para que supiera lo que es estar desdeñada sin motivo.
—¿Y usted sabe si a mí me pasa lo mismo?
—No; pero me figuro que no. Tengo demasiado mala idea de las mujeres para creerlo.
—¿De las mujeres en general y de mí en particular?
—De todas.
—¡Qué mal humor se le va poniendo a usted, don Andrés! Cuando sea usted viejo no va a haber quien le aguante.
—Ya soy viejo. Es que me indignan esas necedades de las mujeres. ¿Qué le encuentra usted a ese hombre para desdeñarle así? Es un hombre culto, amable, simpático, gana para vivir...
—Bueno, bueno; pero a mí me fastidia. Basta ya de esa canción.
 

bearbeitet von Rita

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VII.- De los focos de la peste

Andrés solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y meditabundo.

—Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted? —le dijo Lulú un día que le vio más hosco que de ordinario.

—Verdaderamente —murmuró Andrés— el mundo es una cosa divertida: hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución; todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor, la casa de prostitución; al lado de la libertad, la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas y la ensucien. Está en su naturaleza.

—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le ha pasado a usted? —preguntó Lulú.

—Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz que me preocupa. Firman “Unas desgraciadas”.

—¿Qué dicen?

—Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas “desgraciadas” que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad, a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de la otra casa.

—¿Para qué?

—Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las amas.

—¿Y esas mujeres vivirán mal?

—Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas; les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.

—¡Qué vida! ¡Qué horror! —murmuró Lulú.

—Luego todas estas amas de prostíbulo —siguió diciendo Andrés— tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de muchachas.

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—Qué tipo.

—Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene aterrorizadas. "Aquí —me ha dicho el Cotorrita— no se da de baja a ninguna mujer". "¿Por qué?", le he preguntado yo. "Porque no"; y me ha enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.

—¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?

—Ninguna, ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como quieren; todas responden a nombres falsos: Blanca, Marina, Estrella, África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por la policía, formada por chulos y por criados de políticos.

—¿Vivirán poco todas ellas? —dijo Lulú.

—Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.

—¿Y cómo no se escapan al menos?

—Porque están cogidas por las deudas. El burdel es un pulpo que sujeta con sus tentáculos a estas mujeres bestias y desdichadas. Si se escapan las denuncian como ladronas, y toda la canalla de curiales las condena. Luego estas celestinas tienen recursos. Según me han dicho en esa casa de la calle de Barcelona, había hace días una muchacha reclamada por sus padres desde Sevilla en el Juzgado, y mandaron a otra, algo parecida físicamente a ella, que dijo al juez que ella vivía con un hombre muy bien y que no quería volver a su casa.

—¡Qué gente!

—Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; tenemos la religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano, complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad, vienen todos los males.

—¿Y esas mujeres son engañadas de verdad por sus novios? —preguntó Lulú, a quien preocupaba más el aspecto individual que el social.

—No; en general no. Son mujeres que no quieren trabajar; mejor dicho, que no pueden trabajar. Todo se desarrolla en una perfecta inconsciencia. Claro que nada de esto tiene el aire sentimental y trágico que se le supone. Es una cosa brutal, imbécil, puramente económica, sin ningún aspecto novelesco. Lo único grande, fuerte, terrible, es que a todas estas mujeres les queda una idea de la honra como algo formidable suspendido sobre sus cabezas.

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Una mujer ligera de otro país, al pensar en su juventud seguramente dirá: Entonces yo era joven, bonita, sana. Aquí dicen: Entonces no estaba deshonrada. Somos una raza de fanáticos, y el fanatismo de la honra es de los más fuertes. Hemos fabricado ídolos que ahora nos mortifican.

—¿Y eso no se podía suprimir? —dijo Lulú.

—¿El qué?

—El que haya esas casas.

—¡Cómo se va a impedir! Pregúntele usted al señor obispo de Trebisonda o al director de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, o a la presidenta de la trata de blancas, y le dirán: Ah, es un mal necesario. Hija mía, hay que tener humildad. No debemos tener el orgullo de creer que sabemos más que los antiguos... Mi tío Iturrioz, en el fondo, está en lo cierto cuando dice riendo que el que las arañas se coman a las moscas no indica más que la perfección de la naturaleza.

Lulú miraba con pena a Andrés cuando hablaba con tanta amargura.

—Debía usted dejar ese destino —le decía.

—Sí; al fin lo tendré que dejar.

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VIII.- La muerte de Villasús

Con pretexto de estar enfermo, Andrés abandonó el empleo, y por influencia de Julio Aracil le hicieron médico de “La Esperanza”, sociedad para la asistencia facultativa de gente pobre. No tenía en este nuevo cargo tantos motivos para sus indignaciones éticas, pero en cambio la fatiga era terrible; había que hacer treinta y cuarenta visitas al día en los barrios más lejanos; subir escaleras y escaleras, entrar en tugurios infames...

En verano sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se hallaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés algunas veces oía con calma las reconvenciones, pero otras veces se encolerizaba y les decía la verdad: que eran unos miserables y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.

Iturrioz tenía razón: la naturaleza no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de la esclavitud. Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid que, a medida que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes comunes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable por instinto odie la ley. Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse estérilmente de su estado. La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol le producían una sed constante que le obligaba a beber cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago. Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domingos, sobre todo cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta.

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Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador de corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde que exige valor en otro, en el soldado en el campo de batalla, en el histrión, o en el torero en el circo. A aquella turba de bestias crueles y sanguinarias, estúpidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.

El oasis de Andrés era la tienda de Lulú. Allí, en la oscuridad y a la fresca, se sentaba y hablaba. Lulú mientras tanto cosía, y si llegaba alguna compradora, despachaba. Algunas noches Andrés acompañó a Lulú y a su madre al paseo de Rosales. Lulú y Andrés se sentaban juntos, y hablaban contemplando la hondonada negra que se extendía ante ellos. Lulú miraba aquellas líneas de luces interrumpidas de las carreteras y de los arrabales, y fantaseaba suponiendo que había un mar con sus islas, y que se podía andar en lancha por encima de estas sombras confusas. Después de charlar largo rato volvían en el tranvía, y en la glorieta de San Bernardo se despedían estrechándose la mano. Quitando estas horas de paz y de tranquilidad, todas las demás eran para Andrés de disgusto y de molestia...

Un día al visitar una guardilla de barrios bajos, al pasar por el corredor de una casa de vecindad, una mujer vieja con un niño en brazos se le acercó y le dijo si quería pasar a ver a un enfermo. Andrés no se negaba nunca a esto, y entró en el otro tabuco. Un hombre demacrado, famélico, sentado en un camastro, cantaba y recitaba versos. De cuando en cuando se levantaba en camisa e iba de un lado a otro tropezando con dos o tres cajones que había en el suelo.

—¿Qué tiene este hombre? —preguntó Andrés a la mujer.

—Está ciego, y ahora parece que se ha vuelto loco.

—¿No tiene familia? —Una hermana mía y yo; somos hijas suyas.

—Pues por este hombre no se puede hacer nada —dijo Andrés—. Lo único sería llevarlo al hospital o a un manicomio. Yo mandaré una nota al director del hospital.

¿Cómo se llama el enfermo?

—Villasús, Rafael Villasús.

—¿Éste es un señor que hacía dramas?

—Sí.

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Andrés lo recordó en aquel momento. Había envejecido en diez o doce años de una manera asombrosa; pero aún la hija había envejecido más. Tenía un aire de insensibilidad y de estupor que sólo un aluvión de miserias puede dar a una criatura humana. Andrés se fue de la casa pensativo.

—¡Pobre hombre! —se dijo— ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo, empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha hecho bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un timbre de gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!

Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que había recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús, había muerto. Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco, como le llamaban en la casa, había pasado tres días y tres noches vociferando, desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas. Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón. Unos cuantos desarrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el cadáver.

—¿Es usted el médico? —le preguntó uno de ellos a Andrés con impertinencia.

—Sí; soy médico.

—Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está muerto. Esto es un caso de catalepsia.

—No digan ustedes necedades —dijo Andrés. Todos aquellos desarrapados, que debían ser bohemios, amigos de Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los dedos con fósforo para ver si tenía sensibilidad. Ni aun después de muerto, al pobre diablo lo dejaban en paz.

Andrés, a pesar de que tenía el convencimiento de que no había tal catalepsia, sacó el estetoscopio y auscultó al cadáver en la zona del corazón.

—Está muerto —dijo.

En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca, cojeando, apoyado en un bastón. Venía borracho completamente. Se acercó al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:

—¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo también!

¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca mi conciencia. No.

Los desarrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que tomaba la escena. Seguía desvariando el viejo de las melenas, cuando se presentó el mozo del coche fúnebre, con el sombrero de copa echado a un lado, el látigo en la mano derecha y la colilla en los labios.

—Bueno —dijo hablando en chulo, enseñando los dientes negros—. ¿Se va a bajar el cadáver o no? Porque yo no puedo esperar aquí, que hay que llevar otros muertos al Este. Uno de los desarrapados, que tenía un cuello postizo, bastante sucio, que le salía de la chaqueta, y unos lentes, acercándose a Hurtado le dijo con una afectación ridícula:

—Viendo estas cosas, dan ganas de ponerse una bomba de dinamita en el velo del paladar. La desesperación de este bohemio le pareció a Hurtado demasiado alambicada para ser sincera, y dejando a toda esta turba de desarrapados en la guardilla salió de la casa.

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IX.- Amor, teoría y práctica

Andrés divagaba, lo que era su gran placer, en la tienda de Lulú. Ella le oía sonriente, haciendo de cuando en cuando alguna objeción. Le llamaba siempre en burla don Andrés.

—Tengo una pequeña teoría acerca del amor —le dijo un día él.

—Acerca del amor debía usted tener una teoría grande —repuso burlonamente Lulú.

—Pues no la tengo. He encontrado que en el amor, como en la medicina de hace ochenta años, hay dos procedimientos: la alopatía y la homeopatía.

—Explíquese usted claro, don Andrés —replicó ella con severidad.

—Me explicaré. La alopatía amorosa está basada en la neutralización. Los contrarios se curan con los contrarios. Por este principio, el hombre pequeño busca mujer grande, el rubio mujer morena y el moreno rubia. Este procedimiento es el procedimiento de los tímidos; que desconfían de sí mismos... El otro procedimiento...

—Vamos a ver el otro procedimiento.

—El otro procedimiento es el homeopático. Los semejantes se curan con los semejantes. Éste es el sistema de los satisfechos de su físico. El moreno con la morena, el rubio con la rubia. De manera que, si mi teoría es cierta, servirá para conocer a la gente.

—¿Sí?

—Sí; se ve un hombre gordo, moreno y chato, al lado de una mujer gorda, morena y chata, pues es un hombre petulante y seguro de sí mismo; pero el hombre gordo, moreno y chato tiene una mujer flaca, rubia y nariguda, es que no tiene confianza en su tipo ni en la forma de su nariz.

—De manera que yo, que soy morena y algo chata...

—No; usted no es chata.

—¿Algo tampoco?

—No.

—Muchas gracias, don Andrés. Pues bien; yo que soy morena, y creo que algo chata, aunque usted diga que no, si fuera petulante, me gustaría ese mozo de la peluquería de la esquina, que es más moreno y más chato que yo, y si fuera completamente humilde, me gustaría el farmacéutico, que tiene unas buenas napias.

—Usted no es un caso normal.

—¿No?

—No.

—¿Pues qué soy?

—Un caso de estudio.

—Yo seré un caso de estudio; pero nadie me quiere estudiar.

—¿Quiere usted que la estudie yo, Lulú? Ella contempló durante un momento a Andrés con una mirada enigmática, y luego se echó a reír:

—Y usted, don Andrés, que es un sabio, que ha encontrado esas teorías sobre el amor, ¿qué es eso del amor?

—¿El amor?

—Sí.

—Pues el amor, y le voy a parecer a usted un pedante, es la confluencia del instinto fetichista y del instinto sexual.

—No comprendo.

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—Ahora viene la explicación. El instinto sexual empuja el hombre a la mujer y la mujer al hombre, indistintamente; pero el hombre que tiene un poder de fantasear, dice: esa mujer, y la mujer dice: ese hombre. Aquí empieza el instinto fetichista; sobre el cuerpo de la persona elegida porque sí, se forja otro más hermoso y se le adorna y se le embellece, y se convence uno de que el ídolo forjado por la imaginación es la misma verdad. Un hombre que ama a una mujer la ve en su interior deformada, y la mujer que quiere al hombre le pasa lo mismo, lo deforma. A través de una nube brillante y falsa, se ven los amantes el uno al otro, y en la oscuridad ríe el antiguo diablo, que no es más que la especie.

—¡La especie! ¿Y qué tiene que ver ahí la especie?

—El instinto de la especie es la voluntad de tener hijos, de tener descendencia. La principal idea de la mujer es el hijo. La mujer instintivamente quiere primero el hijo; pero la naturaleza necesita vestir este deseo con otra forma más poética, más sugestiva, y crea esas mentiras, esos velos que constituyen el amor.

—¿De manera que el amor en el fondo es un engaño?

—Sí; es un engaño como la misma vida; por eso alguno ha dicho, con razón: una mujer es tan buena como otra y a veces más; lo mismo se puede decir del hombre: un hombre es tan bueno como otro y a veces más.

—Eso será para la persona que no quiere.

—Claro, para el que no está ilusionado, engañado... Por eso sucede que los matrimonios de amor producen más dolores y desilusiones que los de.

—¿De verdad cree usted eso?

—Sí.

—¿Y a usted qué le parece que vale más, engañarse y sufrir o no engañarse nunca?

—No sé. Es difícil saberlo. Creo que no puede haber una regla general.

Estas conversaciones les entretenían.

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Una mañana, Andrés se encontró en la tienda con un militar joven hablando con Lulú. Durante varios días lo siguió viendo. No quiso preguntar quién era, y sólo cuando lo dejó de ver se enteró de que era primo de Lulú. En este tiempo Andrés empezó a creer que Lulú estaba displicente con él. Quizá pensaba en el militar. Andrés quiso perder la costumbre de ir a la tienda de confecciones, pero no pudo. Era el único sitio agradable donde se encontraba bien...

Un día de otoño por la mañana fue a pasear por la Moncloa. Sentía esa melancolía, un poco ridícula, del solterón. Un vago sentimentalismo

anegaba su espíritu al contemplar el campo, el cielo puro y sin nubes, el Guadarrama azul como una turquesa. Pensó en Lulú y decidió ir a verla. Era su única amiga. Volvió hacia Madrid, hasta

la calle del Pez, y entró en la tiendecita. Estaba Lulú sola, limpiando con el plumero los armarios. Andrés se sentó en su sitio.

—Está usted muy bien hoy, muy guapa —dijo de pronto Andrés.

—¿Qué hierba ha pisado usted, don Andrés, para estar tan amable?

—Verdad. Está usted muy bien. Desde que está usted aquí se va usted humanizando. Antes tenía usted una expresión muy satírica, muy burlona, pero ahora no; se le va poniendo a usted una cara más dulce. Yo creo que de tratar así con las madres que vienen a comprar gorritos para sus hijos se le va poniendo a usted una cara maternal.

—Y, ya ve usted, es triste hacer siempre gorritos para los hijos de los demás.

—¿Qué querría usted más que fueran para sus hijos?

—Si pudiera ser; ¿por qué no? Pero yo no tendré hijos nunca. ¿Quién me va a querer a mí?

—El farmacéutico del café, el teniente..., puede usted echárselas de modesta, y anda usted haciendo conquistas...

—¿Yo?

—Usted, sí.

Lulú siguió limpiando los estantes con el plumero.

—¿Me tiene usted odio, Lulú? —dijo Hurtado.

—Sí; porque me dice usted tonterías.

—Deme usted la mano.

—¿La mano?

—Sí.

—Ahora siéntese usted a mi lado.

—¿A su lado de usted?

—Sí.

—Ahora míreme usted a los ojos. Lealmente.

—Ya le miro a los ojos. ¿Hay más que hacer?

—¿Usted cree que no la quiero a usted, Lulú?

—Sí..., un poco..., ve usted que no soy una mala muchacha..., pero nada más.

—¿Y si hubiera algo más? Si yo la quisiera a usted con cariño, con amor, ¿qué me contestaría usted?

—No; no es verdad. Usted no me quiere. No me diga usted eso.

—Sí, sí; es verdad —y acercando la cabeza de Lulú a él, la besó en la boca.

Lulú enrojeció violentamente, luego palideció y se tapó la cara con las manos.

—Lulú, Lulú —dijo Andrés—. ¿Es que la he ofendido a usted? Lulú se levantó y paseó un momento por la tienda, sonriendo.

—Ve usted, Andrés; esa locura, ese engaño que dice usted que es el amor, lo he sentido yo por usted desde que le vi.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—¿Y yo ciego?

—Sí; ciego, completamente ciego.

Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas y la llevó a sus labios. Hablaron los dos largo rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.

—Me voy —dijo Andrés, levantándose.

—Adiós —exclamó ella, estrechándose contra él—. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú vayas, llévame.

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      El reloj

      un cuento de Pío Baroja

      Porque todos sus días, dolores, y sus ocupaciones,
      molestias, aún de noche su corazón no reposa.
      -Eclesiastés

      Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.
      Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.
      Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.
      Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento. En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.
      «¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»
      Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
      La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.
      ¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.
      Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.
      -Tú también -le decía al cantor de la noche- vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.
      Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
      Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
      Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.
      Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.
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